jueves, 29 de marzo de 2018

Leslie


Dice Arthur Rimbaud  en su romance, On n’est pas sérieux quand on a dix-sept ans / et qu’on a des tilleuls verts sur la promenade (Uno no es serio cuando se tiene diecisiete años y hay tilos verdes en el paseo), y yo tenía alrededor de esa edad cuando mantuve un romance con Leslie, una muchacha de quince años que estudiaba la preparatoria en el Instituto Esperanza, en la colonia Tacuba de la ciudad de México.
Leslie era una amiga muy cercana y de muchos años de una de mis primas, y fue en nuestros juegos infantiles en casa de ésta última donde nos conocimos, y fue desde esa infancia que se formó una curiosa relación entre Leslie y yo, una relación que iba más allá de la simple convivencia, y que incluía besos y proximidades en cada ocasión que nos era propicia. En nuestros juegos infantiles con otros niños Leslie y yo procurábamos estar siempre juntos, y si se trataba de esconderse corríamos a ocultarnos juntos, y ahí, en nuestro refugio provisional, nos abrazábamos y nos besábamos. No sabría decir a qué edad comenzó a suceder esto, pero estoy seguro que fue siendo muy niño.
Hoy, mientras escarbo el mi memoria los detalles de aquel idilio, me da por preguntarme los porqué; qué había en esas dos mentes y en esos dos corazones infantiles que nos orillaba a buscarnos como dos enamorados apasionados. Era cierto –aún lo es- que Leslie era una niña muy bonita y a quien los adultos se referían como “La güera”, porque era de tez más clara a la mayoría de nosotros. ¿Qué pasaba en nuestros corazones? ¿Qué gusto había entre nosotros, dos niños de la más tierna edad?   


Leslie y yo nos besábamos en cualquier recoveco, ya fuera dentro de un armario, tras un ropero, bajo la cama o en una habitación vacía. Y así era cada que Leslie y yo coincidíamos en una reunión. No hablábamos –¿qué charla podíamos tener a esa edad?- y nuestra relación se limitaba casi exclusivamente a la convivencia y a los besos.  
Pasaron los años y los amores y desamores para ambos, hasta que un día Leslie me pidió que formara parte de las coreografías para la celebración de sus quince años y yo acepté: ¿cómo no iba a hacerlo? Así, pasamos a vernos de forma obligada durante varios fines de semana mientras duraban los ensayos. De esa convivencia en esa edad en la que gozamos de cierta libertad, Leslie y yo dimos inicio a una relación formal: comenzamos a salir juntos al cine, al café, a caminar por ahí, a charlar, y a seguirnos besando, sólo que ahora lo hacíamos sin escondernos. Siendo unos años mayor que ella, por entonces yo ya había terminado la preparatoria y me encontraba en un periodo de descanso obligado como consecuencia de no lograr aprobar el examen de ingreso a la universidad. Trabajaba en el negocio de mi padre, lo que me daba ciertas libertades y entre ellas estaba poder ir por ella al colegio e ir a sentarnos en los jardines de la Alameda Central, donde hablábamos por horas.
Aquí debo hacer un paréntesis. Entre ella y yo venía dándose desde la infancia una relación llena de pasión. En los primeros años era una pasión infantil, si es que a esa edad puede haberla. Así que ya en la adolescencia esa pasión tomo un sentido más concreto, más carnal, más desarrollado. Fue hasta esa edad cuando comencé a conocer su cuerpo, a acariciarlo, a sentirlo.    
Una tarde de reunión previa a la celebración de sus quince años, charlábamos en uno de los balcones que daban al patio central de su casa. Abajo, los adultos hacían su fiesta. De pronto la energía eléctrica faltó y nos quedamos completamente a oscuras. Leslie y yo comenzamos a besarnos, a rozarnos, a estremecernos. Entonces ella giró dándome la espalda, quedando su vientre apoyado sobre el barandal. Movía sus caderas empujándolas hacia mí, mientras yo deslizaba una mano bajo su blusa hasta tocar con mis yemas uno de sus pechos adolescentes. Así estuvimos varios minutos, acariciándonos, restregándonos el cuerpo, besándonos. Para mí, la relación con Leslie significó mi primer contacto con un cuerpo de mujer ya hecho, terminado. Fue con ella con quien experimenté las caricias a la oscuridad de los cines y en nuestras estancias en el auto.
Pero tenía yo diecisiete años y era un novato en los temas de amor. La relación duró muy poco, un tanto por mis conductas infantiles, otro tanto por las de ella. En nuestra inmadurez la relación no tuvo más que un futuro de algunos meses. El noviazgo se terminó.
Una tarde quise hacer uso de un movimiento ostentoso y desesperado para recuperarla; así recurrí a uno de esos actos impetuosos y que como tales, suelen ser torpes. Contraté los servicios de un par de músicos y me dispuse a brindarle una serenata pensando que eso podría remediar todos los males. Los detalles de aquella tarde he de omitirlos porque fueron vergonzosos, humillantes, a tal grado que Leslie salió corriendo y llorando. Tiempo después me comentaría que si hubiese hecho eso antes de que todos los problemas acabaran con nuestra relación, hubiese sido una muy grata experiencia. He dicho “tiempo después”, porque así sucedió.
Pasado alrededor de un año de lo ocurrido, no sé por qué razón, Leslie y yo comenzamos a telefonearnos de nuevo. Fue entonces, en una de esas prolongadas llamadas, donde tocamos el tema de las relaciones sexuales. Esa noche, de forma tímida, ambos confesamos que nos gustaría experimentarlo juntos. La reunión se planeó para dos semanas después, un domingo en la mañana. Quizá debió ser verano, porque recuerdo que había un sol y un cielo esplendidos.
No recuerdo dónde nos citamos, pero nos dirigimos al hotel Bonn, un hotel de 5 estrellas ubicado en Tacubaya, sobre el viaducto Migüel Alemán.  Hay una imagen que como una postal ha quedado grabada en mi memoria, y es la claridad que había en la habitación; por un lado estaban las blancas cortinas por las que entraba el sol y la impecable decoración del cuarto; a esto se sumaban las blancas sabanas del colchón y en medio de éste ambiente pulcro y brillante, el cuerpo desnudo, claro y juvenil de Leslie.    
Ese domingo abandonamos el hotel cerca del medio día y caminamos sobre la calle Salvador Alvarado hasta llegar a la estación del Metro Patriotismo. Fue un largo trayecto que anduvimos tan alegremente como jamás lo habíamos hecho. Jugábamos, sonreíamos, corríamos de una acera a otra, nos besábamos. Sería que nos hallábamos desbordantes de alegría por haber hecho realidad algo que hacía tantos años anhelábamos quizá sin saberlo, sin aún tener consciencia de ello. Aquella fue la primera y última vez que Leslie y yo hicimos el amor. Fue la culminación de una pasión que venía sacudiéndonos desde tantos años atrás y fue hasta entonces cuando nos tuvimos uno al otro en esa completa soledad que brindan los cuartos de hotel.
No sé cómo fueron los días y los meses posteriores, pero cerca de un año después me enteré que Leslie tenía novio y se encontraba embarazada. Tiempo después terminaría casándose con él y eso significó para ambos un distanciamiento definitivo.
Al paso de los años la he vuelto a ver en algunas reuniones donde hemos coincidido, sin embargo, apenas hemos intercambiado algunas palabras.  Actualmente ella tiene dos hijos adolescentes y la última vez que la vi fue en el funeral de mi abuela paterna. Sigue guapa como siempre lo ha sido. Me gustaría poder hablar un día con ella y charlar sobre esos años, quizá para comprender qué ha sido todo eso que vivimos desde niños, para saber qué pensaba y sentía ella.   Algunas noticias me han llegado de oídas, de rumores. Sé que su madre murió hace unos años, que su padre ha caído en mala salud. De su matrimonio no sé nada. Quizá un día de estos visite a mi prima y me anime a preguntarle qué ha sido de Leslie.    

lunes, 26 de marzo de 2018

Eva


Tenía yo dieciocho años cuando ingresé a estudiar Química en la Facultad de Estudios Superiores de Cuautitlán, en el campo número uno de la UNAM. Venía por entonces de un descanso obligado de poco más de un año, tiempo que me tomó aprobar el examen de ingreso tras tres intentos hechos.



Eva acudió a la universidad al segundo día de iniciado el ciclo escolar. La demora, que parecía irrelevante entonces, al paso del tiempo supe que sería uno de sus sellos personales.
Eva apareció al día siguiente y fue cuando la vi por primera vez. Llevaba un pantalón de mezclilla con peto y tirantes, botas negras de trabajo; el cabello le caía revuelto hasta  apenas rozar sus hombros. Venía caminando por el pasillo con cierto desinterés y fastidio, no sé cómo fue que la abordamos pero ahí se dio nuestro primer contacto.
Eva se convirtió en la mujer más guapa del salón y comenzó a serlo también para estudiantes de grados más adelantados que apenas la vieron comenzaron a abordarla.
Han pasado más de veinte años desde entonces y me resulta casi imposible detallar cómo se fue dando nuestra amistad. Eva era –aún lo es- intolerante, honesta hasta la insensibilidad, fugitiva, inaprensible e inobjetable. Eva era –aún me lo parece- impenetrable, portadora de una coraza formada de indiferencia y cierto desprecio; era- lo sigue siendo- una mujer que así como llega desaparece, sin decir ni explicar absolutamente nada. A pesar de ser en cierta forma una mujer complicada nos hicimos muy buenos amigos.
Pero sucede que desde que la vi aparecer por ese pasillo Eva me gustó: quería quererla, quería amarla, pero se trataba de Eva.
Sabiendo que forzar las cosas no funcionaría apelé al tiempo, a la convivencia, al fluir de los días en los que la íbamos pasando juntos. De entre nuestro grupo de amigos ella y yo éramos como dos amigos independientes que se unían a ellos. Nos telefoneábamos después de las horas de la universidad y hablábamos mucho, muchas horas, muchos días, todos los días. Comencé a desear todo con ella, todo lo que a esa edad se puede tener.
Un día me puse a reunir recursos entre los compañeros para poder invitarla a comer. Era un universitario y como tal apenas tenía lo suficiente para mis gastos diarios. A base de préstamos junté lo suficiente y nos fuimos a Los Remedios, a esa plaza de estilo colonial al lado de la iglesia del mismo nombre en el municipio de Naucalpan. Esa tarde, después de la universidad, nos acomodamos en una mesa en una pequeña fonda. Pedimos pambazos y dos bolas de cerveza. Hablamos, hablamos mucho, de todo, de nuestra vida, de nuestras penas, de nuestras frustraciones de juventud.  La tarde se nos vino encima y nos pidieron que nos retiráramos porque cerrarían el local. Decidimos pasar a una cantina unos locales más abajo y bebimos un par de cervezas más. Cuando salimos de aquel lugar yo ya estaba ebrio y supongo que ella también. La acompañe a la avenida donde abordó el transporte rumbo a su casa; yo aún debía caminar cerca de un kilómetro para tomar el transporte hacia mi casa, en el camino quise orinar y decidí hacerlo en un parque que se encontraba completamente a oscuras pero, no sé cómo ni de dónde salió, apenas pasaron unos segundos cuando una oficial de policía apareció detrás de mí alumbrándome con su lámpara. Me llevaron a la patrulla y de ahí al municipio acusado de faltas administrativas. Estuve encerrado cerca de tres horas, las mismas que pasé leyendo  Doña Barbara, de Rómulo Gallegos, que me permitieron meter a la celda y que leí mientras el alcohol salía de mi organismo y mi padre acudía a pagar la multa para que me dejaran salir.


Cuando subí al auto de mi padre y tras avanzar unos metros, me dijo que Eva había estado llamando para saber de mí. Ya era noche y aún algo de alcohol fluía en mis venas. Eva estaba preocupada por mí y saber esto fue como una pequeña palmada de aceptación en mi espalda, muy cerca y a la altura del corazón. Apenas entré a casa Eva llamó. Aún recuerdo esa noche y aún me conmueve.
Eva es trigueña, de cabello negro, y sus ojos también parecen serlo. Labios regulares, amplios. De menor estatura que yo. Eva es guapa. Eva jamás usaba maquillaje.
Ni siquiera tengo intenciones de narrar el momento en que le dije lo que sentía por ella, porque realmente fue una declaración mediocre. Sin embargo, días después era un joven de dieciocho años insuflado en su ego por ser el novio de Eva, la más guapa del salón, la que otros alumnos de grados más avanzados habían pretendido. Era yo, y aún hoy, por efímero que haya sido, me llena de orgullo. Pero no sólo por eso, sino porque a más de veinte años Eva y yo seguimos siendo buenos amigos.
Siempre me he preguntado por qué ella y yo no pudimos tener una relación más duradera, aunque es una pregunta absurda. Pienso que Eva fue una de esas relaciones equívocas en las que dos amigos piensan que el paso a seguir es el noviazgo; no siempre debe ser así, a veces se trata sólo de una buena amistad; o no lo sé. Lo rescatable, lo formidable, es que hemos perdurado la amistad.
Eva y yo terminamos nuestro noviazgo muy pronto. Paso el tiempo y volvimos a intentarlo. Fracasó de nuevo. No sé si estaba obsesionado con ella, ni recuerdo cuánto tiempo más guardé la esperanza en que volviéramos; Eva me gustaba, me agradaba tanto. Pasaron muchos días en los que ocasionalmente hablábamos sin que yo pudiera disipar de mi pensamiento y mi corazón la esperanza de volver con ella; así fue hasta un día en que llamé a su casa preguntando por ella, fue su hermana menor la que atendió el teléfono. Me dijo que no estaba. Pregunté si podría encontrarla más tarde. Se fue a los Estados Unidos con su novio, me contestó.
Ese fue el punto final de mis sueños, el derrumbe definitivo de mis esperanzas. Dejé de sostenerlas, dejé que el dolor fluyera y comencé el doloroso camino para desprenderla de mi pensamiento, como quien retira de la piel una larga espina muy lentamente.
Sin embargo, al paso de los años Eva me telefoneaba regularmente para saludarme. Nos perdimos la pista unos años hasta que la encontré en las redes sociales.
Eva ha sido una de las mujeres que han marcado mi vida. Una de las mujeres que han estrujado mi corazón, quizá sin saberlo. Es uno de los pilares que sostienen mi existencia, una de las mujeres que más que amado, una de las mujeres que han cambiado mi vida. Han pasado los años y guardo un estimable aprecio por ella. La memoria y el recuerdo de Eva se irán a la muerte conmigo, y seguro estoy que pensaré en ella y agradeceré a la vida por haberla puesto en mi camino durante tantos años. 

sábado, 10 de marzo de 2018

Las heridas tras el divorcio


Hace unas semanas estuve a punto de terminar encerrado en las celdas municipales por culpa de un amigo al que conozco desde la infancia.  ¿Cómo fue que ese niño al que conocí a los diez años terminó en tal estado de demencia, en tal estado de sordidez?


Tengo que decir que fue tras su divorcio cuando el cambio en su estado emocional fue notorio. Pasó al menos dos años sumido en el alcohol, enajenado en pensamientos que hasta la fecha no logra erradicar de su cabeza: El resentimiento, la frustración y el sentimiento de fracaso derivados de su divorcio afloran cuando bebe.
La convivencia con él fue volviéndose insoportable. Al principio lo acogí, se encontraba herido y como amigo quise apoyarlo. Sin embargo, al paso de los días me di cuenta que algo no andaba bien en su comportamiento, era errante, desvariaba, pero creí que era circunstancial y pasajero. Sin embargo, lo que sucedió en ese domingo fue determinante para que decidiera alejarme definitivamente de él, al menos por un tiempo considerable.
Veníamos de regreso a la ciudad y en el trayecto bebió demasiado. El problema fue cuando entramos al municipio y a las colonias aledañas a donde vivimos. Me pidió que parara, descendió del auto y en medio de la calle orino sin ningún recato. Esto lo hiso dos veces. Mi error, mi gran error, fue acceder a acercarlo a la casa de una de sus ex parejas. Lo dejé a una calle de distancia, y a partir de ahí todo se salió de control.


No sé qué sucedió en la casa de su ex pareja, pero antes de que recorriéramos un par de calles la policía municipal nos alcanzó. A él lo esposaron, alegué que se encontraba completamente borracho y que no hicieran caso a todo lo que decía. Quizá fue un atenuante el hecho de que yo no haya bebido ni un sorbo de alcohol. La policía tuvo un trato distinto conmigo, sin embargo, venía con él, el auto era mío y era cómplice. En consecuencia, iríamos detenidos los dos. Esto era grave por una razón de peso, al día siguiente iría a aeropuerto a recoger a Mariana que llegaba de Colombia.
Enfurecí, aun cuando parte de la culpa era mía, por confiar y por ceder a los impulsos de un borracho.
Al paso de los días, ya con serenidad, no he podido dejar de pensar en Jaime y el punto al que ha llegado.
Dicen que los divorcios a veces dejan heridas que jamás cierran, que lastiman mucho y que los hombres los sufren más que las mujeres. No lo sé de cierto, pero ese amigo que conocí a los diez años ha tenido un cambio lamentable. No sé qué hacer, no sé cómo manejarlo. No sé si hablar con su familia, con sus ex parejas, no sé cómo manejarlo.
Los fracasos en las relaciones dejan heridas muy profundas, y supongo que todos en alguna medida las llevamos.

martes, 27 de febrero de 2018

Nací sin el interés de tener hijos


No recuerdo haber decidido no tener hijos, creo que más bien nací sin ese interés.
No sé si sea una tendencia reciente, pero cada vez se escucha más el término ChildFree para referirse a esas personas que han decidido no tener hijos, y grupos de personas que se auto definen de esta forma han estado proliferando en Facebook.
Pero yo tengo casi cuarenta años y mi ideología y estilo de vida sin hijos tiene su origen mucho antes de que este término si quiera se conociera, así que en mi caso esta tendencia es nueva sólo en su mediatización.

¿Cómo fue que decidiste ser ChildFree (CF)? Es una pregunta que se repite en todos los grupos y pensando en las razones creo que en mi caso ni siquiera fue una decisión consciente. Es más, ni siquiera podría decir que fue una decisión. No hubo un momento en el que “decidí” no tener hijos, pero jamás he tenido interés por ser padre y jamás ha formado parte de mis deseos. En mis pensamientos de infancia y adolescencia, en mis sueños y anhelos, jamás ha aparecido la paternidad. Quería ser escritor, quería ser empresario, quería aprender muchas cosas, leer mucho, conocer el mundo, experimentar, pero jamás he tenido el interés, mucho menos el deseo, de ser padre. Quizá parezca extraño, porque aún hoy a la gente le cuesta concebir que alguien no sienta el deseo de tener descendencia.
Es difícil que alguien con hijos acepte esto porque se piensa que es un deseo inherente al ser humano y que es un instinto que todos debemos experimentar. En mi caso no es así. Ni fue producto de un episodio traumático ni consecuencia de una mala experiencia, simplemente jamás ha sido de mi interés. 

Sé que, como yo, hay más personas, tanto mujeres (quizá sean la mayoría) como hombres, que no sienten el deseo de tener descendencia. Esta determinación usualmente nos hace objeto de críticas y señalamientos, y para muchos resulta hasta una postura contra natura. Se piensa además que es una moda, una especie mainstream que se ha propagado en los últimos años y es muy probable que para muchos así lo sea. Pero en mi caso, como el de muchos, es algo que jamás me ha interesado. Ni me conmueven, ni me parecen un logro ni me gusta convivir con ellos.
Que quien quiera hijos los tenga con responsabilidad y se haga cargo de ellos, que los demás no tenemos por qué sufrirlos. Y que se nos respete nuestra decisión, que ni somos fenómenos ni personas amargadas.

viernes, 2 de febrero de 2018

Paty


Yo alquilaba un departamento en el municipio de Huixquilucan donde viví tres años realmente maravillosos hasta que mi negocio tuvo una de sus peores épocas y me vi obligado a mudarme.
Pienso que fue alrededor del año y medio cuando la arrendadora me mandó llamar a su oficina. Cuando entré había una mujer sentada en una silla. Nos saludamos. Era guapa. La arrendadora nos presentó, “te presento a Paty, será tu vecina de cajón*; dale tu teléfono para que se puedan comunicar por si tú o ella van a salir”
Así fue que a partir de entonces Paty y yo  nos veríamos forzados por el destino a mantenernos en un contacto constante. Compartiríamos dos cajones en fila, así que debíamos ponernos de acuerdo en los horarios o mover el auto si alguno de nosotros deseaba salir.
Paty era delgada, de tez clara. Era muy guapa, con una boca más grande del promedio. Paty y yo teníamos la misma estatura, aunque a veces ella lucía más alta por las zapatillas que usaba. Trabajaba en una dependencia de gobierno como ejecutiva, así que verla formalmente vestida era un deleite. Perfumada, perfectamente peinada, con el rostro retocado apenas, con su atuendo de ejecutiva, era un festín para la vista.
Llegó a haber días en los que yo precisaba salir temprano, así que le enviaba mensajes a Paty pidiéndole que en cuanto llegara me avisara para dejarla pasar al frente y no tener que molestarla en la mañana. Ese cambio lo hacíamos en la noche y fueron noches en las que nos quedábamos platicando largo rato en el estacionamiento. En esas charlas supe muchas cosas de Paty que fueron acrecentando un interés inusual en mí hacia ella. Paty era soltera, había uno o dos años de diferencia en nuestra edad, no tenía hijos, había regresado de Montreal hacía apenas un par de años tras una ruptura amorosa, hablaba inglés y francés, tenía aspiraciones en la vida fuera de lo tradicional, deseaba viajar, tener una pareja, crecer como persona.
Fue a lo largo de las noches, de esas pláticas improvisadas, como Paty fue despertando en mí un interés y una forma de esperanza que hacía tiempo no sentía. Ella era mi ideal de mujer materializado, así la vi, así lo sentía al estar con ella. Y había algo que resonaba en mi cabeza, una de esas noches en que platicábamos en el estacionamiento me dijo que tenía la esperanza de encontrar a alguien, que a pesar de la decepción que había sufrido deseaba una relación, que no quería pasar sola el resto de su vida.
No lo sé, pero a veces, en el drama de la autoconmiseración, un poco a la manera de esa canción de Radio Head, Creep, tengo la sensación de que Paty estaba en un nivel superior al mío, y no me refiero al nivel económico, ni social o cultural, sino a un nivel personal más arriba.
Quizá era su certeza de saber lo que deseaba, la madurez de sus aspiraciones, la seguridad con la que se movía por el mundo y el desapego de todas las cosas que, por el contrario, a mí me mantenían prisionero. Me da por pensar que vio en mí a un novato en el arte de vivir.  
Llegue a salir en algunas ocasiones con ella. Una mañana bebimos café juntos; una tarde le preparé sushi y comimos en mi departamento; otro día fuimos a un restaurante argentino; tiempo después me pidió que la acompañara a comprarse un nuevo teléfono. Y fue todo.
Días después la invité a salir, “tengo planes con mi prometido”; me paró en seco.
Aun así seguíamos hablando en las noches, como si nada hubiese pasado. Una de esas noches posteriores, Paty lloraría de impotencia y me enteraría que su prometido era divorciado y tenía un hijo. Ella se sentía desplazada, relegada a segundo término, pero eso es algo que siempre habrá de suceder cuando uno se relaciona con personas que tienen hijos: los hijos siempre estarán primero.
Aquello no pasó a mayores y Paty siguió con sus planes de boda. Yo la fui olvidando con el tiempo, un día me mudé y ni siquiera le avisé.
     Ahora que escribo esto han pasado más de dos años desde la última vez que tuve contacto con ella. No sé si en verdad se casó, no  he vuelto a saber más de ella.
                 

martes, 23 de enero de 2018

El Vida

Tenía alrededor de 15 años cuando sostuve una pelea a golpes con un chico de la misma calle a quien le apodaban “El vida”.
Al paso de los años el rencor fue desapareciendo y de un momento a otro nos saludábamos en la calle. A veces me lo encontraba comprando cervezas en la tienda, algunas otras acompañado de su esposa o volviendo del trabajo.  


El Vida es un tipo un poco más alto que yo, delgado pero de complexión robusta; caminaba con soltura, casi siempre portando sus botas de trabajo, lo que hacía que sus pasos fueran acentuados. Somos de la misma edad, así que intuía que la sensación de sí mismo era idéntica a la mía; a los 39 años aún eres joven, entusiasta, lleno de vida.   
Pero una tarde en la que yo llegaba a visitar a mí padre lo vi a lo lejos tratando de caminar apoyándose de una andadera; por un momento dudé, pero conforme me fui acercando me di cuenta que en verdad se trataba de El Vida. Su cuerpo no le respondía, se tambaleaba como si tuviera párkinson. Le pregunté qué le había pasado y no pudo contestarme, tampoco podía hablar. No quise insistir, le dije que se cuidara y me despedí. Esa imagen de El Vida en ese estado me impactó, me dolió en el alma.  
A veces, cuando voy a la casa de mi papá lo encuentro sentado en una de las esquinas de la calle. Nos saludamos. Ya han pasado algunos meses y aunque ya puede medio caminar sin ayuda de la andadera aún no recupera el habla. Me hace un gesto con la mano y asiente con la cabeza, sonríe. Camina apoyándose de las paredes y los autos estacionados a orilla de la banqueta.
Me da pena verlo así, un hombre de mi edad, con toda la juventud y la energía y, sin embargo, incapacitado a saber por qué razón.
Espero con honestidad que pueda volver a ser El Vida de antes.

miércoles, 17 de enero de 2018

El Autosabotaje

Cuando tenía alrededor de 24 años ingresé a trabajar en una compañía de venta de autos por autofinanciamiento, y antes de mandarnos al ruedo, a los directivos les pareció buena idea que el vendedor estrella nos diera una plática sobre sus técnicas.

Aquello se convirtió en básicamente una plática de motivación personal. Es evidente que si una persona no tiene ninguna motivación jamás tendrá buenos resultados, ni en su vida ni en nada de lo que haga. La pasión y la motivación son imprescindibles.
Pero de todo lo que él dijo algunas cosas quedaron grabadas en mi memoria, y una de ellas tenía que ver con los hábitos. Dijo, si queremos cambiar nuestra vida debemos cambiar nuestros hábitos. Hay una frase muy trillada que se escucha en todos lados pero no por eso deja de ser cierta por pura lógica y hasta en la ciencia encuentra su verdad: las cosas se repetirán siempre igual mientras no haya cambios.
Cuando tenía alrededor de 27 años comencé por voluntad propia, y sin que nadie en mi familia se enterara –sólo mi novia lo sabía-, un tratamiento terapéutico con una psicóloga para atender lo que más tarde supe se trataba de una ansiedad generalizada. No es el momento de ahondar en eso, quizá en otra ocasión. Sin embargo, en aquel entonces ella me recomendó que leyera un libro: El auto saboteo. Jamás lo compré, básicamente me auto saboteé.



Este último año 2017 ha sido desastroso para mí en todos los ámbitos y mi situación actual es pésima. Durante todos estos días he tratado de buscar soluciones, consejos e ideas para salir de mi atolladero; así, buscando cada noche cosas nuevas de las que poderme apoyar, recordé hace un par de días la sugerencia de mi terapeuta. Busqué El Auto sabotaje en Youtube y di con un canal bastante interesante: Inner integration que maneja Meredith Miller.



Hay algo en lo que aquel vendedor estrella, mi terapeuta y Meredith Miller coinciden: hay que cambiar no sólo los hábitos, sino también los pensamientos e ideas en las que estamos atrapados.
Una de las cosas más difíciles para un ser humano es cambiar. Nos habituamos a ciertos comportamientos y los repetimos sin darnos cuenta; lo mismo sucede con esos pensamientos a los que recurrimos incesantemente siempre bajo los mismos estímulos. No es difícil identificar esos pensamientos recurrentes ya que siempre los traemos en la cabeza; y tampoco debe ser difícil identificar esos comportamientos y reacciones que siempre tenemos. Eso es precisamente lo que debemos cambiar si queremos resultados distintos en nuestra vida.
Está es una de las tareas más complicadas ya que por regla casi general esos malos hábitos están muy enraizados en nosotros y los tomamos como verdades absolutas, cuando sólo son unas verdades construidas dentro de nosotros mismos.
He pensado mucho en ello los últimos días. He notado que mi cerebro trabaja siempre en una sola dirección, esa que ya conoce y a la que se ha habituado. Lo mismo pasa con mis reacciones y ciertos hábitos que yo considero me resultan nocivos. Así que he tomado la determinación de cambiar esos pensamientos y esos hábitos tan comunes para mí. No sé qué vaya a suceder, lo único razonablemente lógico es que habrá cambios, y lo que ahora necesito con urgencia son cambios. Malos o buenos, pero necesito cNo te salves, “no te quedes inmóvil al borde del abismo”.
ambios. No es bueno quedarse atrapado en la inmovilidad o paralizado por el miedo. Dice Benedetti en su maravilloso poema
Dice Sthepen R. Covey en su libro 7 hábitos de la gente altamente efectiva, que vemos el mundo como somos nosotros, como son nuestros pensamientos. Necesito cambiar mi mundo, mi percepción de él; hay cosas que hago que seguro me están jodiendo mi propia vida, necesito que mi vida sea distinta y para eso necesito comenzar a cambiar algunos hábitos.