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domingo, 22 de julio de 2018

La señora Margarita


En mi juventud hubo un tiempo en el que el deseo por tomar distancia de mi padre comenzó a hacerse latente; deseaba mi independencia y huía con denuedo de todo cuanto tuviera que ver con él. Fue en mi paso como estudiante universitario cuando comencé a trabajar fuera de su negocio para evitar en lo posible cualquier acercamiento con él. En uno de esos años me vi en la necesidad de suspender por un semestre mis estudios de ingeniería, tiempo que ocupé en no sé qué cosas, pero una de ellas fue entrar a trabajar como vendedor de autos por autofinanciamiento en Inbursa. Era un trabajo que no requería de un horario fijo y en el que además gozaba de cierta libertad. El trabajo de vendedor es un trabajo en el que se goza de libertad, pero también requiere de ímpetu y un deseo permanente por crecer.
Mi lugar de trabajo era un espacio dentro del centro comercial Plaza Galerías, sitio que compartía con otros compañeros de mi edad y cuyo grupo de ventas era liderado por una señora que se llamaba Margarita, mujer de unos cincuenta años, delgada, bastante dicharachera en el trato y en el vestir; su forma de ser, jovial y alegre, hacía un juego perfecto con nuestra juventud, lo que generaba un grato ambiente de trabajo. Margarita solía llamarme Don Alan, a pesar de que por entonces yo tenía menos de veinticinco años.
Quizá resulte extraño, pero Margarita me gustaba y sentía hacia ella una atracción morbosa, una curiosidad lasciva por saber lo que sería estar con una mujer de su edad. Charlábamos mucho y puedo decir con total seguridad que yo era para ella una persona confiable y que entre nosotros se fincó una buena amistad con cierto grado de intimidad. Cada tarde, después del trabajo, ella me acercaba en su auto a la estación del metro más cercana y en el trayecto hablábamos de cualquier cosa; a veces, cuando ella usaba falda, yo solía mirarle las piernas que se iban desnudando poco a poco con el manejo de los pedales. A veces lograba ver la mitad de sus pechos de piel clara a través de su blusa, otras sólo me contentaba con apreciar su torso a través de una blusa blanca de tela traslúcida, al fondo, como en un óleo realista y difuminado, veía su cuerpo, con el sujetador siempre sobresaliente negándome sus pechos.  Margarita era delgada, guapa, de cabello rizado y piel clara. Una vez me confesó que había tenido una aventura con uno de mis compañeros pero que éste había terminado por enamorarse y eso la llevó a terminar con el idilio. Ese relato despertó en mí una especie de envidia, pero jamás dije algo al respecto. Ese aire de suficiencia que externaba, la experiencia, las cicatrices que deja el paso de la vida y que leemos inconscientemente como experiencias, generaban dentro de mí un deseo morboso de acercarme a ella. Ahora que me encuentro en el albor de los cuarenta años y que por pura concordancia me relaciono con mujeres de mi edad, vuelvo a descubrir esa misma sensación que experimentaba con Margarita. A los veinte años es la belleza física y la ilusión lo que principalmente te atrae de las mujeres de tu edad; pasando los 30, y más aun rondando los 40, no sólo es la belleza lo que las hace atractivas, sino también la experiencia. Las mujeres a esta edad llevan consigo una doble carga de atractivo que las vuelve irresistibles. Detrás de su mirada va todo el conocimiento acumulado de años atrás; las cicatrices tanto físicas como del alma, son testimonio de todas esas historias que tienen para contar; son narraciones de éxito, de naufragios superados de los que no siempre se sale bien librado y que a su paso dejan corazones más fuertes. Alrededor de los cuarenta años las mujeres aún mantienen el atractivo propio de la juventud, pero ahora llevan consigo el brillo que sólo brinda la experiencia.
Pero quizá es momento de reconocer que la experiencia también puede atemorizar y en este sentido es como cuando se está en el borde de un peñasco. Paradójicamente es el temor a la caída lo que nos acerca al precipicio, y nos asomamos, nos mecemos en la orilla, se produce en nosotros un morbo, quizá por la muerte, quizá por la caída, y a veces así es ante la experiencia, una combinación placentera entre el temor y el deseo, entre el aventurarse y el permanecer. Quizá en este caso fue el temor quien venció la batalla dentro de mí y jamás hice intento alguno por llegar a algo con Margarita. O quizá ella jamás tuvo interés alguno en mí.  
Una noche Margarita me invitó a cenar en su casa con su familia. Me dijo que podía quedarme y yo no quise. Me marché a casa. Tiempo después dejé de trabajar para el banco y jamás volví a saber algo de ella.

lunes, 16 de abril de 2018

Beatriz, el amor de infancia.

¿Es que cuando se es niño se puede experimentar amor y deseó? ¿Es el amor un sentimiento que puede despertar en la infancia? Hay quienes opinan que sí, y tomando en consideración mi experiencia podría decir que es cierto y que cuando se es niño se puede sentir amor por alguien más allá de del circulo familiar. Esto fue lo que me sucedió a mí en la más tierna infancia, cuando cursaba los primeros grados de la educación primaria.

Beatriz era una niña de tez clara, con el cabello castaño claro y unos hermosos ojos verdes que vivía a pocas calles de nuestra casa y con quien solíamos jugar en compañía de otros niños. Esos eran los tiempos en que los niños jugábamos en las calles para regresar a casa llenos de tierra y heridas, en esos años donde la inseguridad aún no tenía presa a nuestra sociedad. Los recuerdos de esos días son de los más antiguos y por tanto de los que menos imágenes detalladas guardo, sin embargo, lo poco que recuerdo de Beatriz me da la certeza de pensar que entre ella y yo nutríamos un sentimiento que hoy puedo identificar como amor. Un amor infantil, de lo más inocente quizá, pero amor al fin.
Quizá el recuerdo de Beatriz debió marcar el inicio de mis relatos al ser el más antiguo de todos, y siendo que fue el primer contacto que tuve con una mujer.  Antes de ella no hay nadie más; fue con ella con quien tuve el primer contacto con la naturaleza femenina; con Beatriz dio inicio mi amor y mi dolor, fue la primera mujer que habitó mis pensamientos y alimento mis ilusiones; ella fue la primera esperanza, el origen de mis sueños más tiernos, y pienso que también pudo ser determinante en la forma como me relacione con las mujeres en años posteriores, aunque esto no lo sé de cierto.
   Éramos muy niños, lo suficientemente pequeños como para que sean de mis primeros recuerdos, y ya a esa edad experimentábamos un sentimiento de atracción mutua. Beatriz era bonita, a mí me gustaba su compañía y en ocasiones ella solía ir a mi casa a gritarme desde afuera para que saliera a jugar con ella y sus primos. Mi memoria no guarda muchos episodios de esos días, pero hay algunos que han quedado grabados por su relevancia, como el día en que nos metimos en un pequeño hueco debajo de una escalera de concreto donde sólo cabíamos dos niños pequeños. Era un sitio oscuro y tierroso, lleno de piedras y, seguramente, con un poco de basura. Pero cuando eres niño esas cosas no tienen relevancia porque la suciedad y la felicidad son cosas que van de la mano. Esa tarde jugábamos a las escondidas y Beatriz me jaló de la mano para que fuésemos a escondernos en ese sitio. Ya dentro y en la oscuridad apenas percibía su rostro; nos quedamos un momento así, muy cerca el uno del otro como esperando que algo sucediera pero no nos atrevíamos o simplemente no sabíamos cómo comenzarlo. Entonces Beatriz y yo nos besamos. Fue un beso infantil, espontáneo e inocente. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos ahí besándonos en la oscuridad, no fue mucho, posiblemente hasta que los otros niños descubrieron nuestro escondite.
Tan peculiar era la forma en que nos relacionábamos Beatriz y Yo que mis padres comenzaron a decir que ella era mi novia y yo lo asumí como tal sin tener plena conciencia de lo que eso significaba.

Pero había algo de lo que era consciente y aún hoy lo recuerdo sin ninguna duda: yo quería a Beatriz, la amaba –si se me permite decirlo-. Recuerdo que soñaba con ella, no sólo mientras dormía sino también estando despierto. Era curioso porque ella tenía el mismo nombre que mi madre y yo, por ser el primogénito, llevaba el de mi padre. Esto creaba en mi imaginación una especie de oráculo en la que nos creía pre destinados a vivir juntos y a casarnos. Ya en esa tierna infancia pensaba en Beatriz en estos términos, era obvio que mis sentimientos hacia ella eran intensos y honestos. Quiero pensar que los de ella hacia mí eran iguales.
Viene a mi memoria otro suceso que ocurrió en la casa de mis padres. Ellos no estaban en casa ese día y ella y dos de sus primas llegaron a visitarnos. Dentro estábamos uno de mis hermanos, un primo y yo. Recuerdo que ellas comenzaron a pintarse los labios con los labiales de mi madre y de un momento a otro comenzaron a perseguirnos para besarnos. Sin embargo, en esa persecución la notable preferencia de Beatriz era por mí y me perseguía tenaz y exclusivamente, yo fingía escapar para, al fin, y sin tanta resistencia, dejarme atrapar para que me besara. Entonces me dejaba el rostro grabado con la tintura desprendida de sus labios. Tras su asedio seguía mi venganza y entonces era yo quien corría detrás de ella para besarla. Así se sucedieron varias tandas hasta terminar totalmente desajustados, fatigados y llenos de besos. Creo que era nuestra torpe manera de entrar en contacto, de tocarnos, de sentirnos y besarnos. No sabíamos hacerlo de otra forma, no sabíamos cómo prodigarnos el amor que sentíamos el uno por el otro.
Sin embargo, el amor siempre viene con su respectiva dosis de dolor. El tiempo pasó y todo eso se fue apagando sin que ella dejara de ocupar un lugar en mí pensamiento; para mí ella había sido mi novia y algo, o mucho, de ella quedaba aún encendido dentro de mí.
 Avanzados unos grados en el colegio, un día vi a Beatriz jugando muy coquetamente con otro niño fuera del aula. Aquello fue incómodo y creo que fue la primera vez en mi vida que experimenté celos, celos por una niña a la que creía predestinada para mí. El destino había querido que nuestros nombres fueran los mismos que los de mis padres y para una mente infantil eso significaba que estábamos unidos por esa casualidad. Verla en esa forma con alguien que no era yo rompía con ese destino.
Ese día estuve columpiándome en una de las butacas pensando en ella, en que la había perdido para siempre. Estaba herido, era mi primera herida de amor y recuerdo que mientras pensaba en ella cantaba una canción en mi mente, una melodía cuya letra no recuerdo ahora pero que en ese momento me acompañaba en mi dolor. Ignoro cuánto tiempo tardé en olvidarme de ella, supongo que no fue fácil pues la veía regularmente en el colegio. Sin embargo, sé que ya en los últimos años de la educación primaria sólo quedaba su recuerdo, como hasta ahora.
Beatriz quedaría en la memoria de mi familia y en la mía como la primera novia que tuve, aunque quizá nosotros, ella y yo, no tuviéramos idea de lo que esto significaba. Nos queríamos, nos buscábamos y nos besábamos. No sé si ella me recuerde, y si esos días hayan quedado grabados en su memoria como lo están en la mía.
Tiempo después nos mudamos de colonia, ella repitió sexto grado y yo ingresé a la secundaria. No la volví a ver sino mucho tiempo después, cuando teníamos alrededor de veinte años. La encontré en la calle afuera de donde supongo vivía con su esposo, estaba embarazada. Ella me miró con sus ojos verdes, nos sonreímos y nos saludamos con un gesto sin decir nada más. Nunca más he vuelto a saber de ella.  

jueves, 29 de marzo de 2018

Leslie


Dice Arthur Rimbaud  en su romance, On n’est pas sérieux quand on a dix-sept ans / et qu’on a des tilleuls verts sur la promenade (Uno no es serio cuando se tiene diecisiete años y hay tilos verdes en el paseo), y yo tenía alrededor de esa edad cuando mantuve un romance con Leslie, una muchacha de quince años que estudiaba la preparatoria en el Instituto Esperanza, en la colonia Tacuba de la ciudad de México.
Leslie era una amiga muy cercana y de muchos años de una de mis primas, y fue en nuestros juegos infantiles en casa de ésta última donde nos conocimos, y fue desde esa infancia que se formó una curiosa relación entre Leslie y yo, una relación que iba más allá de la simple convivencia, y que incluía besos y proximidades en cada ocasión que nos era propicia. En nuestros juegos infantiles con otros niños Leslie y yo procurábamos estar siempre juntos, y si se trataba de esconderse corríamos a ocultarnos juntos, y ahí, en nuestro refugio provisional, nos abrazábamos y nos besábamos. No sabría decir a qué edad comenzó a suceder esto, pero estoy seguro que fue siendo muy niño.
Hoy, mientras escarbo el mi memoria los detalles de aquel idilio, me da por preguntarme los porqué; qué había en esas dos mentes y en esos dos corazones infantiles que nos orillaba a buscarnos como dos enamorados apasionados. Era cierto –aún lo es- que Leslie era una niña muy bonita y a quien los adultos se referían como “La güera”, porque era de tez más clara a la mayoría de nosotros. ¿Qué pasaba en nuestros corazones? ¿Qué gusto había entre nosotros, dos niños de la más tierna edad?   


Leslie y yo nos besábamos en cualquier recoveco, ya fuera dentro de un armario, tras un ropero, bajo la cama o en una habitación vacía. Y así era cada que Leslie y yo coincidíamos en una reunión. No hablábamos –¿qué charla podíamos tener a esa edad?- y nuestra relación se limitaba casi exclusivamente a la convivencia y a los besos.  
Pasaron los años y los amores y desamores para ambos, hasta que un día Leslie me pidió que formara parte de las coreografías para la celebración de sus quince años y yo acepté: ¿cómo no iba a hacerlo? Así, pasamos a vernos de forma obligada durante varios fines de semana mientras duraban los ensayos. De esa convivencia en esa edad en la que gozamos de cierta libertad, Leslie y yo dimos inicio a una relación formal: comenzamos a salir juntos al cine, al café, a caminar por ahí, a charlar, y a seguirnos besando, sólo que ahora lo hacíamos sin escondernos. Siendo unos años mayor que ella, por entonces yo ya había terminado la preparatoria y me encontraba en un periodo de descanso obligado como consecuencia de no lograr aprobar el examen de ingreso a la universidad. Trabajaba en el negocio de mi padre, lo que me daba ciertas libertades y entre ellas estaba poder ir por ella al colegio e ir a sentarnos en los jardines de la Alameda Central, donde hablábamos por horas.
Aquí debo hacer un paréntesis. Entre ella y yo venía dándose desde la infancia una relación llena de pasión. En los primeros años era una pasión infantil, si es que a esa edad puede haberla. Así que ya en la adolescencia esa pasión tomo un sentido más concreto, más carnal, más desarrollado. Fue hasta esa edad cuando comencé a conocer su cuerpo, a acariciarlo, a sentirlo.    
Una tarde de reunión previa a la celebración de sus quince años, charlábamos en uno de los balcones que daban al patio central de su casa. Abajo, los adultos hacían su fiesta. De pronto la energía eléctrica faltó y nos quedamos completamente a oscuras. Leslie y yo comenzamos a besarnos, a rozarnos, a estremecernos. Entonces ella giró dándome la espalda, quedando su vientre apoyado sobre el barandal. Movía sus caderas empujándolas hacia mí, mientras yo deslizaba una mano bajo su blusa hasta tocar con mis yemas uno de sus pechos adolescentes. Así estuvimos varios minutos, acariciándonos, restregándonos el cuerpo, besándonos. Para mí, la relación con Leslie significó mi primer contacto con un cuerpo de mujer ya hecho, terminado. Fue con ella con quien experimenté las caricias a la oscuridad de los cines y en nuestras estancias en el auto.
Pero tenía yo diecisiete años y era un novato en los temas de amor. La relación duró muy poco, un tanto por mis conductas infantiles, otro tanto por las de ella. En nuestra inmadurez la relación no tuvo más que un futuro de algunos meses. El noviazgo se terminó.
Una tarde quise hacer uso de un movimiento ostentoso y desesperado para recuperarla; así recurrí a uno de esos actos impetuosos y que como tales, suelen ser torpes. Contraté los servicios de un par de músicos y me dispuse a brindarle una serenata pensando que eso podría remediar todos los males. Los detalles de aquella tarde he de omitirlos porque fueron vergonzosos, humillantes, a tal grado que Leslie salió corriendo y llorando. Tiempo después me comentaría que si hubiese hecho eso antes de que todos los problemas acabaran con nuestra relación, hubiese sido una muy grata experiencia. He dicho “tiempo después”, porque así sucedió.
Pasado alrededor de un año de lo ocurrido, no sé por qué razón, Leslie y yo comenzamos a telefonearnos de nuevo. Fue entonces, en una de esas prolongadas llamadas, donde tocamos el tema de las relaciones sexuales. Esa noche, de forma tímida, ambos confesamos que nos gustaría experimentarlo juntos. La reunión se planeó para dos semanas después, un domingo en la mañana. Quizá debió ser verano, porque recuerdo que había un sol y un cielo esplendidos.
No recuerdo dónde nos citamos, pero nos dirigimos al hotel Bonn, un hotel de 5 estrellas ubicado en Tacubaya, sobre el viaducto Migüel Alemán.  Hay una imagen que como una postal ha quedado grabada en mi memoria, y es la claridad que había en la habitación; por un lado estaban las blancas cortinas por las que entraba el sol y la impecable decoración del cuarto; a esto se sumaban las blancas sabanas del colchón y en medio de éste ambiente pulcro y brillante, el cuerpo desnudo, claro y juvenil de Leslie.    
Ese domingo abandonamos el hotel cerca del medio día y caminamos sobre la calle Salvador Alvarado hasta llegar a la estación del Metro Patriotismo. Fue un largo trayecto que anduvimos tan alegremente como jamás lo habíamos hecho. Jugábamos, sonreíamos, corríamos de una acera a otra, nos besábamos. Sería que nos hallábamos desbordantes de alegría por haber hecho realidad algo que hacía tantos años anhelábamos quizá sin saberlo, sin aún tener consciencia de ello. Aquella fue la primera y última vez que Leslie y yo hicimos el amor. Fue la culminación de una pasión que venía sacudiéndonos desde tantos años atrás y fue hasta entonces cuando nos tuvimos uno al otro en esa completa soledad que brindan los cuartos de hotel.
No sé cómo fueron los días y los meses posteriores, pero cerca de un año después me enteré que Leslie tenía novio y se encontraba embarazada. Tiempo después terminaría casándose con él y eso significó para ambos un distanciamiento definitivo.
Al paso de los años la he vuelto a ver en algunas reuniones donde hemos coincidido, sin embargo, apenas hemos intercambiado algunas palabras.  Actualmente ella tiene dos hijos adolescentes y la última vez que la vi fue en el funeral de mi abuela paterna. Sigue guapa como siempre lo ha sido. Me gustaría poder hablar un día con ella y charlar sobre esos años, quizá para comprender qué ha sido todo eso que vivimos desde niños, para saber qué pensaba y sentía ella.   Algunas noticias me han llegado de oídas, de rumores. Sé que su madre murió hace unos años, que su padre ha caído en mala salud. De su matrimonio no sé nada. Quizá un día de estos visite a mi prima y me anime a preguntarle qué ha sido de Leslie.    

lunes, 26 de marzo de 2018

Eva


Tenía yo dieciocho años cuando ingresé a estudiar Química en la Facultad de Estudios Superiores de Cuautitlán, en el campo número uno de la UNAM. Venía por entonces de un descanso obligado de poco más de un año, tiempo que me tomó aprobar el examen de ingreso tras tres intentos hechos.



Eva acudió a la universidad al segundo día de iniciado el ciclo escolar. La demora, que parecía irrelevante entonces, al paso del tiempo supe que sería uno de sus sellos personales.
Eva apareció al día siguiente y fue cuando la vi por primera vez. Llevaba un pantalón de mezclilla con peto y tirantes, botas negras de trabajo; el cabello le caía revuelto hasta  apenas rozar sus hombros. Venía caminando por el pasillo con cierto desinterés y fastidio, no sé cómo fue que la abordamos pero ahí se dio nuestro primer contacto.
Eva se convirtió en la mujer más guapa del salón y comenzó a serlo también para estudiantes de grados más adelantados que apenas la vieron comenzaron a abordarla.
Han pasado más de veinte años desde entonces y me resulta casi imposible detallar cómo se fue dando nuestra amistad. Eva era –aún lo es- intolerante, honesta hasta la insensibilidad, fugitiva, inaprensible e inobjetable. Eva era –aún me lo parece- impenetrable, portadora de una coraza formada de indiferencia y cierto desprecio; era- lo sigue siendo- una mujer que así como llega desaparece, sin decir ni explicar absolutamente nada. A pesar de ser en cierta forma una mujer complicada nos hicimos muy buenos amigos.
Pero sucede que desde que la vi aparecer por ese pasillo Eva me gustó: quería quererla, quería amarla, pero se trataba de Eva.
Sabiendo que forzar las cosas no funcionaría apelé al tiempo, a la convivencia, al fluir de los días en los que la íbamos pasando juntos. De entre nuestro grupo de amigos ella y yo éramos como dos amigos independientes que se unían a ellos. Nos telefoneábamos después de las horas de la universidad y hablábamos mucho, muchas horas, muchos días, todos los días. Comencé a desear todo con ella, todo lo que a esa edad se puede tener.
Un día me puse a reunir recursos entre los compañeros para poder invitarla a comer. Era un universitario y como tal apenas tenía lo suficiente para mis gastos diarios. A base de préstamos junté lo suficiente y nos fuimos a Los Remedios, a esa plaza de estilo colonial al lado de la iglesia del mismo nombre en el municipio de Naucalpan. Esa tarde, después de la universidad, nos acomodamos en una mesa en una pequeña fonda. Pedimos pambazos y dos bolas de cerveza. Hablamos, hablamos mucho, de todo, de nuestra vida, de nuestras penas, de nuestras frustraciones de juventud.  La tarde se nos vino encima y nos pidieron que nos retiráramos porque cerrarían el local. Decidimos pasar a una cantina unos locales más abajo y bebimos un par de cervezas más. Cuando salimos de aquel lugar yo ya estaba ebrio y supongo que ella también. La acompañe a la avenida donde abordó el transporte rumbo a su casa; yo aún debía caminar cerca de un kilómetro para tomar el transporte hacia mi casa, en el camino quise orinar y decidí hacerlo en un parque que se encontraba completamente a oscuras pero, no sé cómo ni de dónde salió, apenas pasaron unos segundos cuando una oficial de policía apareció detrás de mí alumbrándome con su lámpara. Me llevaron a la patrulla y de ahí al municipio acusado de faltas administrativas. Estuve encerrado cerca de tres horas, las mismas que pasé leyendo  Doña Barbara, de Rómulo Gallegos, que me permitieron meter a la celda y que leí mientras el alcohol salía de mi organismo y mi padre acudía a pagar la multa para que me dejaran salir.


Cuando subí al auto de mi padre y tras avanzar unos metros, me dijo que Eva había estado llamando para saber de mí. Ya era noche y aún algo de alcohol fluía en mis venas. Eva estaba preocupada por mí y saber esto fue como una pequeña palmada de aceptación en mi espalda, muy cerca y a la altura del corazón. Apenas entré a casa Eva llamó. Aún recuerdo esa noche y aún me conmueve.
Eva es trigueña, de cabello negro, y sus ojos también parecen serlo. Labios regulares, amplios. De menor estatura que yo. Eva es guapa. Eva jamás usaba maquillaje.
Ni siquiera tengo intenciones de narrar el momento en que le dije lo que sentía por ella, porque realmente fue una declaración mediocre. Sin embargo, días después era un joven de dieciocho años insuflado en su ego por ser el novio de Eva, la más guapa del salón, la que otros alumnos de grados más avanzados habían pretendido. Era yo, y aún hoy, por efímero que haya sido, me llena de orgullo. Pero no sólo por eso, sino porque a más de veinte años Eva y yo seguimos siendo buenos amigos.
Siempre me he preguntado por qué ella y yo no pudimos tener una relación más duradera, aunque es una pregunta absurda. Pienso que Eva fue una de esas relaciones equívocas en las que dos amigos piensan que el paso a seguir es el noviazgo; no siempre debe ser así, a veces se trata sólo de una buena amistad; o no lo sé. Lo rescatable, lo formidable, es que hemos perdurado la amistad.
Eva y yo terminamos nuestro noviazgo muy pronto. Paso el tiempo y volvimos a intentarlo. Fracasó de nuevo. No sé si estaba obsesionado con ella, ni recuerdo cuánto tiempo más guardé la esperanza en que volviéramos; Eva me gustaba, me agradaba tanto. Pasaron muchos días en los que ocasionalmente hablábamos sin que yo pudiera disipar de mi pensamiento y mi corazón la esperanza de volver con ella; así fue hasta un día en que llamé a su casa preguntando por ella, fue su hermana menor la que atendió el teléfono. Me dijo que no estaba. Pregunté si podría encontrarla más tarde. Se fue a los Estados Unidos con su novio, me contestó.
Ese fue el punto final de mis sueños, el derrumbe definitivo de mis esperanzas. Dejé de sostenerlas, dejé que el dolor fluyera y comencé el doloroso camino para desprenderla de mi pensamiento, como quien retira de la piel una larga espina muy lentamente.
Sin embargo, al paso de los años Eva me telefoneaba regularmente para saludarme. Nos perdimos la pista unos años hasta que la encontré en las redes sociales.
Eva ha sido una de las mujeres que han marcado mi vida. Una de las mujeres que han estrujado mi corazón, quizá sin saberlo. Es uno de los pilares que sostienen mi existencia, una de las mujeres que más que amado, una de las mujeres que han cambiado mi vida. Han pasado los años y guardo un estimable aprecio por ella. La memoria y el recuerdo de Eva se irán a la muerte conmigo, y seguro estoy que pensaré en ella y agradeceré a la vida por haberla puesto en mi camino durante tantos años. 

viernes, 2 de febrero de 2018

Paty


Yo alquilaba un departamento en el municipio de Huixquilucan donde viví tres años realmente maravillosos hasta que mi negocio tuvo una de sus peores épocas y me vi obligado a mudarme.
Pienso que fue alrededor del año y medio cuando la arrendadora me mandó llamar a su oficina. Cuando entré había una mujer sentada en una silla. Nos saludamos. Era guapa. La arrendadora nos presentó, “te presento a Paty, será tu vecina de cajón*; dale tu teléfono para que se puedan comunicar por si tú o ella van a salir”
Así fue que a partir de entonces Paty y yo  nos veríamos forzados por el destino a mantenernos en un contacto constante. Compartiríamos dos cajones en fila, así que debíamos ponernos de acuerdo en los horarios o mover el auto si alguno de nosotros deseaba salir.
Paty era delgada, de tez clara. Era muy guapa, con una boca más grande del promedio. Paty y yo teníamos la misma estatura, aunque a veces ella lucía más alta por las zapatillas que usaba. Trabajaba en una dependencia de gobierno como ejecutiva, así que verla formalmente vestida era un deleite. Perfumada, perfectamente peinada, con el rostro retocado apenas, con su atuendo de ejecutiva, era un festín para la vista.
Llegó a haber días en los que yo precisaba salir temprano, así que le enviaba mensajes a Paty pidiéndole que en cuanto llegara me avisara para dejarla pasar al frente y no tener que molestarla en la mañana. Ese cambio lo hacíamos en la noche y fueron noches en las que nos quedábamos platicando largo rato en el estacionamiento. En esas charlas supe muchas cosas de Paty que fueron acrecentando un interés inusual en mí hacia ella. Paty era soltera, había uno o dos años de diferencia en nuestra edad, no tenía hijos, había regresado de Montreal hacía apenas un par de años tras una ruptura amorosa, hablaba inglés y francés, tenía aspiraciones en la vida fuera de lo tradicional, deseaba viajar, tener una pareja, crecer como persona.
Fue a lo largo de las noches, de esas pláticas improvisadas, como Paty fue despertando en mí un interés y una forma de esperanza que hacía tiempo no sentía. Ella era mi ideal de mujer materializado, así la vi, así lo sentía al estar con ella. Y había algo que resonaba en mi cabeza, una de esas noches en que platicábamos en el estacionamiento me dijo que tenía la esperanza de encontrar a alguien, que a pesar de la decepción que había sufrido deseaba una relación, que no quería pasar sola el resto de su vida.
No lo sé, pero a veces, en el drama de la autoconmiseración, un poco a la manera de esa canción de Radio Head, Creep, tengo la sensación de que Paty estaba en un nivel superior al mío, y no me refiero al nivel económico, ni social o cultural, sino a un nivel personal más arriba.
Quizá era su certeza de saber lo que deseaba, la madurez de sus aspiraciones, la seguridad con la que se movía por el mundo y el desapego de todas las cosas que, por el contrario, a mí me mantenían prisionero. Me da por pensar que vio en mí a un novato en el arte de vivir.  
Llegue a salir en algunas ocasiones con ella. Una mañana bebimos café juntos; una tarde le preparé sushi y comimos en mi departamento; otro día fuimos a un restaurante argentino; tiempo después me pidió que la acompañara a comprarse un nuevo teléfono. Y fue todo.
Días después la invité a salir, “tengo planes con mi prometido”; me paró en seco.
Aun así seguíamos hablando en las noches, como si nada hubiese pasado. Una de esas noches posteriores, Paty lloraría de impotencia y me enteraría que su prometido era divorciado y tenía un hijo. Ella se sentía desplazada, relegada a segundo término, pero eso es algo que siempre habrá de suceder cuando uno se relaciona con personas que tienen hijos: los hijos siempre estarán primero.
Aquello no pasó a mayores y Paty siguió con sus planes de boda. Yo la fui olvidando con el tiempo, un día me mudé y ni siquiera le avisé.
     Ahora que escribo esto han pasado más de dos años desde la última vez que tuve contacto con ella. No sé si en verdad se casó, no  he vuelto a saber más de ella.
                 

martes, 9 de enero de 2018

Isabel

Tenía yo 34 años cuando conocía  Isabel a través de Facebook. Por entonces yo estaba terminando una relación y ella se encontraba en su proceso de divorcio.
Isabel era cuatro o cinco años menor que yo y tenía dos hijos, una niña y un niño que no pasaban de los diez años. Era originaría de la ciudad de México al igual que su esposo. Ambos comenzaron su relación cuando ella aún era menor de edad, tenía diecisiete años y él tenía alrededor de 25; ya siendo novios, un día decidieron ir a vivir su tórrido romance a Tijuana, donde radicaron desde entonces. Al paso de los años las cosas cambiaron y ellos también. Los celos, la rutina, el aburrimiento, la indiferencia, quizá todo eso que normalmente erosiona las relaciones, fue lo que terminó por hacer de su matrimonio una carga pesada hasta que decidieron ponerle fin.  
¿Quién era Isabel?  Era una mujer hermosa, de tez casi blanca, casi rosada; con diminutas pecas claras como esparcidas en su rostro por un pintor entendido en el arte de adornar con ellas las facciones femeninas. El iris de sus ojos era color miel, y cuando su pupila se retraía al mínimo era como ver dos diminutos panales asomando bajo sus párpados y brillando bajo el sol. Tenía un rostro esquicito, de esos que no puedes dejar de observar, como si hubiese sido el modelo de los tantos rostros de mujeres que pinto Estaban Murillo. Mirian era alta, diez centímetros más alta que yo. De piernas largas, brazos fuertes, caderas anchas y nalgas notables. Dejo a parte la mención de sus pechos porque merecen una atención específica. Sus pechos eran pequeños para una mujer de su estatura, aunque en otra mujer serían grandes. Eran de piel clara y con un pezón apenas un poco más oscuro. Me gustaba verlos asomados en el escote de su blusa, como dos lunas en cuarto menguante. Algo que adoraba de ella era precisamente el gusto que tenía porque le acariciaran los pechos; más que alguna otra mujer que haya conocido ella manifestaba abiertamente que eso era lo que más la exitaba, al grado de poder tener orgasmos con sólo eso. Esto era algo afortunado para mí, ya que teniendo unos pechos tan hermosos era imposible no desear acariciarlos a cada momento.
Recuerdo una tarde en la playa de Rosarito, Tijuana, en la que fuimos en compañía de sus hijos. Nosotros nos quedamos sentados muy lejos de la playa mientras ellos se divertían en el mar. Nos besábamos, nos amábamos. En la arena húmeda dibujábamos nuestros nombres o nuestras iniciales enmarcándolas dentro de un corazón: J'avais dessiné sur le sable, Son doux visage qui me souriait, canta Christope. En Rosarito la playa es fría así que íbamos abrigados ligeramente. En un momento Isabel me dijo que mirara sus pezones erectos notándose a través de su chamarra. Me preguntó si quería tocárselos. La playa estaba vacía así que se colocó de rodillas frente a mí y se abrió la chamarra por en medio, me besó. Acerqué mi mano a su seno y o presioné suavemente. Así era Isabel, con esa pasión, con esa lascivia, con todo ese amor.
En el sexo ha sido hasta la fecha la mujer más versátil que he conocido, sin limitaciones, sin peros, sin recatos. Isabel era una dulzura en la cotidianidad, y una mujer en extremo apasionada en el sexo. Reaccionaba a mis poemas con la misma intensidad que reaccionaba a las caricias. No había puntos medios para ella.
Isabel me visitó una ocasión en la ciudad de México, sin sus hijos. Recuerdo una mañana en la que tras despertarnos decidimos bañarnos juntos. Cusa curiosa y notable también, pues ni con la mujer con la que viví dos años llegué a hacer una ducha juntos, simplemente nunca lo quiso. Bien, esa mañana nos duchamos juntos. Lo que sucedió en la ducha fue algo que jamás había experimentado. Más tarde, ya en el desayuno, me dijo que había tenido dos orgasmos seguidos. Esto no es jactancia de macho; si Isabel logró tener dos orgasmos seguidos esa mañana no fue por mis dotes de amante, sino por su pasión y entrega en todo lo que hacía. Cuando una mujer se conoce, conoce su cuerpo y su sexualidad, el trabajo para llegar al orgasmo es cincuenta del hombre y cincuenta de la mujer, por lo menos.
Yo fui dos veces Tijuana y en uno de esos viajes visitamos el municipio de Tecate en compañía de sus hijos. Debo hacer honor a algo, los hijos de Isabel eran unas maravillosas personas. No había nada de incómodo en salir con ellos y parecían aceptarme de buen agrado. Íbamos a las galerías de videojuegos, al cine, a comer, a desayunar, al parque, a caminar.  Me la pasaba muy bien en su compañía. Por tal razón fue que no dude en considerar la posibilidad de vivir con ellos y de traerlos a vivir conmigo a la ciudad de México. Avanzada ya la relación, que a la postre duró cerca de dos años, tenía el deseo de hacer vida con ellos.
Ese día viajamos en autobús de Tijuana a Tecate, uno de los muchos pueblos mágicos del país. El clima era fío, con un cielo nublado y un poco gris. Almorzamos en un restaurante en la plaza y después fuimos a caminar. En un punto encontramos unos juegos infantiles donde hicimos una breve pausa. Ahí, mientras sus hijos se divertían en los juegos, Isabel y yo disfrutamos de nuestra soledad, besándonos, queriéndonos, abrasándonos bajo el frío y una pertinaz brizna que comenzaba a caer sobre el municipio y que nos orilló a retomar la caminata hacia la plaza. Una vez ahí compramos dos botellas de vino tinto y dos lingotes de queso en una pequeña tienda artesanal. Después fuimos a una de las mejores panaderías de Tecate, El mejor pan de Tecate, donde compramos unos panes que hacían honor a la fama que tiene el municipio como uno de aquellos donde mejor pan se elabora.
Ya cuando la noche se acercaba consideré la posibilidad de que nos alojáramos en un hotel, pero Isabel pensó que no sería buena idea por los problemas que eso pudiera ocasionarle con su ex marido, así que tomamos el autobús y regresamos a Tijuana.
Esta noche mientras escribo y trato de rememorar aquellos momentos, la nostalgia se apodera de mí. Ya sólo son recuerdos, como si hubiesen ocurrido en otra vida o en un extraño sueño que se va difuminando al paso del tiempo. De pronto me parece extraño pensar que en algún tiempo visité aquella ciudad en la frontera de México y recuerdo la primera vez que llegue a Tijuana, sin lograr ser certero en la época del año en que lo hice. Fue en la noche y Isabel fue a recibirme al aeropuerto, yo la vi antes de que ella me viera a mí: estaba de pie, con su largo cabello teñido de rojo acariciándole los hombros y la espalda. La miré de perfil y me acerqué a ella. Nos abrazamos. Tomamos un Taxi y enfilamos hacia la Avenida Revolución. A lo lejos, mientras descendíamos por las colinas, miraba a  la distancia las centenares de luces encendidas en la ciudad. El Taxi nos dejó en alguna calle cuyo nombre no recuerdo y de ahí caminamos a un pequeño parque donde nos sentamos en una banca. Esa noche Isabel y yo nos besamos por primera vez.        
 A mí regreso de Tijuana, tras esa primera visita, una tarde Isabel me mando decir en un mensaje que tenía ya dos semanas de retraso en su periodo menstrual. Hasta entonces se me ocurrió preguntarle si no estaba ya operada; me dijo que no. Con mis parejas formales son con las únicas con las que llego a mantener relaciones sin preservativo y con ella no fue la excepción. Isabel estaba sorprendida y contrariada, lo que me preocupó. Entré en un estado de ansiedad extrema a tal grado que me fue imposible seguir conduciendo y decidí orillarme. Por un instante vi toda mi soltería y las libertades que eso implicaba, terminadas. Al principio me invadió el miedo, lo reconozco, pero al paso de los minutos, al ir imaginando mi vida con ella, todo el miedo se tornó en alegría. Llegó el momento en el que la idea comenzó a gustarme. Si algún día tendría un hijo o hija, qué mejor que con una mujer como ella, pensé. Isabel era una mujer maravillosa, inteligente, entusiasta, amena y hermosa. Pero sobre todo yo la amaba. Pensar en un hijo con ella fue motivo de alegría. Se lo hice saber y acordamos en esperar, en no adelantar vitóres. Era evidente que ella experimentaba la misma alegría ante la sola idea de que tuviéramos un hijo en común. Sin embargo, a los pocos días me notificó que su periodo había llegado.
Yo amaba a Isabel y pasábamos el día entero enviándonos mensajes, charlando y, ya en la noche, conversábamos al teléfono largo rato. Fue un amor a distancia, un amor que se concretó y que no quedó en la lejanía. Nos vimos, nos escuchamos, nos respiramos, nos sentimos, nos besamos, nos amamos. Le escribí innumerables poemas y cartas. Estaba dispuesto a darlo todo por ella y lo hice en la medida que fue posible. Ella, Isabel, ha sido una de tres mujeres hasta hoy con las que he experimentado ese deseo de vivir eternamente. Aún hoy pienso que las cosas hubieran funcionado de haberse concretado. Aunque no lo sé.
No fue el tiempo, fueron las circunstancias respecto a algo en mí que mucho después logré entender: mi desinterés por los niños. Es algo común que las mujeres pongan a sus hijos antes que todo, y eso he tardado en comprenderlo o en querer comprenderlo. Ahora lo sé y por eso he decidido ser más prudente en mis relaciones con las madres solteras al grado de mejor procurar evitarlas. Para una mujer soltera y sin hijos es más fácil tomar ciertas decisiones, sólo tiene que pensar en ella misma. Una madre soltera  no, siempre antepone la integridad de sus hijos y esto dificulta y reduce su campo de acción. Isabel no pudo responder como yo, en mi egoísmo e incomprensión, esperaba. Ese error de mi parte, más otros míos y de parte de ella, fueron mellando nuestra relación. Aunque quizá sólo era la caducidad a la que llegan las relaciones, quizá fuimos descubriendo cosas que no nos gustaban el uno del otro; no lo sé, pero al final pasábamos más tiempo discutiendo que hablando sanamente. Aquello se apagó como un leño al que no se le alimenta más.
Un día todo terminó.
Meses después Isabel llegó a vivir a la ciudad de México con sus hijos a casa de su madre. Al fin se había separado de su esposo. No pude evitar pensar en que quizá debí haber sido más paciente.
Una noche fui a visitarla. Nos tratamos como dos amigos lejanos, como si el pasado nunca hubiese existido. Fue la última vez que la vi. Meses después me enteré que su ex esposo había venido a buscarla a la ciudad de México y habían arreglado sus diferencias; ella volvió a Tijuana con él y rehicieron su relación. Sé que ahora viven felices. Me da por pensar que mi intromisión en su vida fue una especie de sacudida y que de alguna forma les hiso ver que perderse el uno al otro no era lo mejor. Quizá las parejas a veces necesitan alejarse el uno del otro, darse un respiro; no son pocos los matrimonios que tras una infidelidad –aunque en este caso no fue tal, pues ellos ya estaban divorciados- rehacen su relación con más fuerza.
Me alegra saber que están bien ambos, que recuperaron lo que habían dejado morir. Ahora que escribo esto, han pasado cuatro años desde entonces y como a todas las mujeres con las que he tenido relación alguna, le guardo un profundo respeto. Isabel es una gran mujer y agradezco haberla encontrado en mi vida.

lunes, 8 de enero de 2018

La mujer soltera, Laura Hutton.

Pensé que éste libro sería una aportación para combatir los estigmas que se les adjudican a las mujeres solteras, sin embargo, me encontré con un libro repleto de conmiseración hacia ellas. Quizá lo más grave de esto es que el libro fue escrito por una mujer, que lejos de empoderar y ubicar en un lugar digno la soltería de la mujer, hace de ella un estado de resignación y de dolor, abocándose a dar consejos sobre cómo sobrellevarla, cual si se tratase de una enfermedad.
La autora no cesa de decir que la mujer soltera es una mujer frustrada, que se trata de una inmadura sexual, una mujer incompleta que no ha podido cumplir con su rol natural y que, por lo tanto, jamás alcanzará la plenitud como mujer al no haber podido casarse y tener hijos.   
Ha sido uno de los libros más arcaicos que he leído, donde abundan los estereotipos sobre la mujer predestinada a la maternidad, al cuidado de los hijos y de su marido. Un libro inservible, que en la actualidad podría muy bien pasar por un libro de ideas machistas.  


Quizá tenga mucho que ver el hecho de que el libro haya sido escrito en la década de los sesentas (1961), aunque no es justificable, ya que por lo regular hay libros que se muestran evidentemente adelantados en pensamiento a su época, pero lamentablemente éste no es el caso; más bien parece escrito por una mentalidad ubicada en el siglo XVIII.
Les ahorro la pena y la pesadez de leerlo.

Por mi parte lo colocaré en el baño, junto al inodoro, para usarlo cuando en un descuido se me termine el papel higiénico.  
**Laura Hutton, La mujer soltera. 1961. Editorial Azteca, México.    

jueves, 28 de diciembre de 2017

Rebeca

A Rebeca la conocí cuando ella tenía quince años y yo veinte. Fue a través de su prima, Coral, que por entonces trabajaba como asistente de mi papá. Sin embargo, no fue sino hasta años después que comenzamos a frecuentarnos y que nació nuestra amistad.
Rebeca es una mujer delgada, de estatura media, morena y de cabello rizado. Guapa. Una mujer activa que, al igual que yo, ha pasado buena parte de su vida soltera. Cuando las conocí ambas pertenecían a la organización religiosa de los Testigos de Jehová. Debo decir que parte de nuestra amistad floreció porque comencé a acudir con ellas a las reuniones, aunque lo mío era más bien puro interés por convivir con ellas y las otras chicas de la congregación. Jamás he sido creyente.
Lo que pasó con Rebeca ha sido peculiar. No sé cómo sucedió, pero en un momento de nuestra incipiente relación de amistad, que perdura hasta hoy, ésta comenzó a tomar un cariz erótico. ¿Cómo fue? En verdad no lo recuerdo a detalle. Sólo sé que de pronto, un día, estábamos besándonos apasionadamente; meses después aquello escaló a las caricias para por fin, mucho tiempo más tarde, terminar en relaciones sexuales. El lapso en el que eso sucedió fue más bien muy largo, de años.
Es razonable preguntarse por el hecho de que jamás hayamos tenido una relación amorosa y que hasta la fecha se mantenga sólo como una relación amistosa con esporádicos encuentros eróticos. Es tal nuestra amistad y la forma en que la mantenemos que, cuando no soy yo,  a veces ella me busca y directamente, sin rodeos, me dice “tengo ganas”. Entonces paso por ella para ir a mi departamento o al suyo, o en ocasiones acudimos a un hotel y ahí terminamos teniendo relaciones. Es posible que se estén preguntando cómo es que una Testigo de Jehová ha tenido ese comportamiento imperdonable para alguien de la congregación, pues bien, mi amiga fue expulsada.
¿Qué ha pasado entre ella y yo? ¿Por qué jamás hemos terminado en una relación sentimental como podría pensarse que sucedería? Creo que ambos comprendimos desde el principio que no éramos compatibles en ese sentido; porque aun cuando tenemos una estrecha amistad hay muchas cosas en las que chocamos, como las costumbres, hábitos, creencias y, aún, nuestras aspiraciones.  
No sabría decir qué sentimiento es el que nos mantiene unidos, si una especie de amor amistoso, aprecio, cariño, no lo sé. Sin embargo, llevamos una relación de amistad de alrededor de 24 años y hemos sido confidentes de lo que ha pasado en nuestras relaciones amorosas y en nuestras vidas. Hemos hablado de casi todo y hemos aprendido mucho el uno del otro de nuestras respectivas experiencias en la vida.
A veces, una tarde cualquiera, nos contactamos; hacemos una cita para un café o lo que sea. Nos vemos en alguna cafetería, en su casa o paso por ella para ir a la mía. A veces simplemente charlamos mientras ella bebe su café dulce y yo mi café sin azúcar. Hablamos de su trabajo, de su vida, de los hombres que la pretenden y con los que ella quisiera algo más; a través de ella he conocido el otro lado del juego de la seducción, el de ellas, las mujeres; me ha contado de los fallos que los hombres que la cortejan han tenido, de los aciertos, etc.  He aprendido mucho de ella. Y así han sido muchas de nuestras reuniones, después cada uno va a su casa. Otras, de forma espontánea o premeditada, ella comienza a coquetearme, o quizá sea yo quien me acerque y la bese o la acaricie. Hay confianza y complicidad. Terminamos haciendo el amor. Y así ha sido nuestra relación en los últimos años.
No sé cómo considerar nuestra amistad, pero ha sido muy íntima en todos los aspectos y eso me parece una gran fortuna en mi vida. Rebeca es de las mujeres que me han nutrido mucho y hay mucho más que hablar de ella pero será en otras ocasiones que siempre leer un texto muy prolongado se vuelve tedioso.    

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Mariana

La primera mujer de la que comenzaré hablando es de Mariana por una enorme razón, en este momento en que he decidido escribir sobre las mujeres que aromatizan mi vida, es ella la única mujer por la que me gustaría abandonar mi soltería. Pero como grande es la razón de mi interés por ella grande es la dificultad que enfrento para hacerla realidad: Mariana vive en Colombia, yo en México.
El espíritu animoso dirá que todo es posible, y en efecto la esperanza en ello es algo que se mantiene vivo, aunque a veces agonizante. Es posible, cierto, pero sólo desde mi perspectiva; ella es un ser humano libre y es posible que para ella esa posibilidad ni siquiera este contemplada. La mía es, al fin, la tragedia de todo ser humano que quisiera intentar algo con otra persona.
Mariana se ha convertido en un ideal, en eso que atina a decir Pablo Milanes “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”.
Al momento de intentar hacer una descripción de lo que para mí es Mariana, la primera palabra que me llega a la mente es “linda”. Mariana es linda; es cinco años menor que yo, es decir que está dentro del rango de mujeres de mi generación; le gusta leer, es una mujer libre, independiente, ama a su mascota, es una mujer que va hacia adelante, que no se conforma; una mujer que busca, que avanza. Por si fuera poco, no desea tener hijos; le gusta viajar, aprender y experimentar. Es una mujer amigable y ha sido buena amiga a la distancia. ¿Podría ser mejor? Sí, es colombiana y es una mujer hermosa.
Jamás le he hablado de amor, ni siquiera como una insinuación accidental porque, seré honesto, no la amo, pero sé que fácilmente podría hacerlo (deseo hacerlo). Y asediarla en este momento en el que ni nos hemos visto, sería un riesgo muy grande pues en vez de acercarme más a ella podría alejarme, y este temor podrá darles una idea del grado en que aprecio su presencia en mi vida.
Mis planes más próximos son conocerla personalmente, pero el revés económico que he sufrido en mi negocio ha demorado que cumpla este deseo. Espero que cuando esto suceda no sea ya demasiado tarde, y espero aún más –o mejor dicho, lo deseo también- que ella no destruya esa esperanza que he cimbrado con ella, y mejor aún la avive.
No le he dicho nada ni le he prometido nada, porque las promesas las hace cualquiera y con ella sólo quiero manejarme con certezas; tal es el pedestal en que la tengo sin que ella lo sepa. Y he resistido hacerlo, tantas e innumerables veces.  
Hay algo importante: ella vendrá a México en un par de meses. No echaré a perder nuestra amistad, pero si logro atizar un poco de interés por mí de su parte, no dejaré pasar la oportunidad. Y pongo todo mi empeño en poder ir a Colombia enseguida que ella venga.
Todo esto ha sido algo doloroso, pero debo manejarme en la realidad, aunque duela. Si hay algo más doloroso que la verdad es el descubrimiento de una mentira, de una ilusión vaga y sin sustento alguno.
De saber que ella siente algo, aunque sea distante, parecido a lo que yo siento por ella, haría todo a mi alcance por concretarlo. Quizá algún@s piensen que debo arriesgarme, pero no voy a perder una valiosa amistad por un lance a ciegas, o no sé, eso pienso, a menos que no sea lo suficientemente lucido para notar lo contrario. En fin, ella es Mariana y seguro que volveré hablarles de ella.          

lunes, 4 de diciembre de 2017

La sandía y el cunnilingus

Me gustan los frutos jugosos como la mayoría de los cítricos. En especial me gustan las naranjas, las mandarinas y las limas. Sin embargo, ese gusto tiene mucho que ver con una peculiaridad en la manera que prefiero comerlos: en gajos.
Sí, prefiero retirarles la cascara e ir comiendo gajo por gajo; morder de forma individual  cada lóbulo tibio y que con la presión de mi boca éste reviente desprendiendo todo su jugo.
Sucede lo mismo con la sandía o el melón. Éstos frutos tienen una característica similar a los gajos de los cítricos que mencioné; la diferencia radica en que son, digamos, carnosos. Pero al morder su carne irremediablemente discurren en jugo, un jugo que no deja recoveco de tu boca sin inundar.


¿No sucede algo similar cuando practicas cunnilingus a una mujer?
Quienes gustamos de esa práctica sabemos que puede ser similar a comer una sandía sin recato, sosteniendo de la cascara una generosa rebanada con ambas manos, en un gesto casi equiparable a cuando rodeas los muslos para atraer hacia ti el monte de Venus. Así haces con la sandía, la atraes hacia ti, comes y deglutes y es imposible salir bien librado: el jugo rojo empapa alrededor de tus labios, la punta de la nariz –casi es posible respirar el líquido-, y se escurre por tu mentón, te llega a las mejillas y así tienes medio rostro empapado.
Algo similar sucede cuando sitúas tu rostro en medio de las piernas de una mujer e intentas devorarla.
Vas hacia ese cuerpo a degustar sin recato -como debería ser el sexo-, a empaparte, lo sabes; pero en el caso de la mujer se trata de un fruto perenne y por más esfuerzo que hagas permanece ahí: infructuosa labor por ingerirlo, por exprimirlo todo.  Puedes estar ahí un buen tiempo, como comiendo una sandía o un melón tras otro.  Y terminas con la boca endulzada, desconcertado y satisfecho.  
Desde esa postura puedes ver los dos senos reposando a lo lejos, como cuando vas en territorio llano y a lo lejos divisas los montículos a los que esperas ascender. Montículos que tiemblan en cada espasmo, como hechos de arena fina que se deforman al tacto pero que siempre vuelven a su estado original.
Cuando terminas una sandía –comida sin recato, lo hemos dicho- te enjuagas medio rostro, o de menos tratas de limpiarlo con un paño. Debe ser pronto, el jugo tiene la peculiaridad de secarse rápido.
Cuando crees que has hecho suficiente con una mujer, te comportas como un niño al que no le importan las apariencias: dejas que los fluidos sequen –y secan pronto-, y sigues, quizá a los montículos donde humedecerás un poco, donde terminará por secarse todo ese líquido que llevabas en medio rostro. Es lo bueno del sexo, pocas veces sabes lo que sigue: como un baile en el que el ritmo y la pasión son las que dan paso a los movimientos, no al revés.


Hay quienes comen sandía sin ensuciarse. A veces suelo hacerlo también: la pico en figuras geométricas azarosas y las vierto en un boul; de ahí las voy tomando con un tenedor. Un trabajo limpio.

Afortunadamente con la mujer no es posible hacer eso. Las reglas del buen comensal no aplican. Comes –o intentas hacerlo- directamente, sin cubierto de por medio, sin modales, sin recato. Es la gula infructuosa, insaciable; acabarás con medio rostro humedecido, pero está bien, es signo de que está bien. Comes como un maldito hambriento, te ensucias, te escurre por el mentón; a ella no le importa. Te insta a que sigas, sin modales, sin mantel, sin etiqueta. Y sigues. Da igual. El líquido se seca pronto.

domingo, 23 de abril de 2017

Mujeres de 40 y 20 años. La eterna comparación.

Es posible que la foto sea fake, pero la comparativa entre mujeres de 20 y 40 años es algo común; cosa curiosa que no se haga con mujeres de 30 y 40 o 15 y 30.

Parafraseando Salvador Allende,  podría decir que tener 20 años y no tener buena figura es casi una contradicción (y aplica para ambos sexos). Lo mismo aplica para tener 20 años y no ser jovial, no tener sueños y metas, no querer ser algo en el mundo. A los 20 años no puedes decir que has vivido, no puedes decir “en mis tiempos”, ni siquiera puedes decir que has sufrido. Y la integridad del ser humano, el carácter y la fortaleza se forjan con los años, con las veces que te has levantado y la forma en la que has logrado mantenerte en pie. Al paso de los años uno es testigo de cómo muchos se van quedando en el camino, son esos que cayeron y ya no lograron levantarse.   

En términos de frescura, de piel sana y sin cicatrices, de un rostro sin imperfecciones, de unas manos tersas, las mujeres de 20 años llevan la primicia, pero porque es un cuerpo nuevo, sin raspaduras, sin cicatrices. A los 40 años llevas varias cicatrices en el cuerpo y en el alma. Son las huellas del camino, el cansancio de quien ha caminado, las marcas de las batallas que has atravesado. A los 20 años no has hecho nada de eso, eres relativamente “virgen”, aún la vida no te ha puesto a prueba. Y en el lapso de los 20 a los 40, muchos se quedan. Alardear a los 20 de lo que se tiene frente a alguien de 40, es como un bebé presumiendo su perfecta digestión frente a la “imperfección” de uno de 20.
Sin embargo, hay mujeres que llegan a los 40 con la piel raspada, el corazón fragmentado, el alma magullada, pero con el humor y la pasión por la vida intactos. Son mujeres que viven, carcajean, beben, bailan, viajan, aman, aprenden y emprenden. No tienen el cuerpo incólume de una de 20, sería absurdo de alguien que ha vivido muchas batallas. Pero llegan a los 40 con una experiencia y conocimiento del mundo que una mujer de 20 ni siquiera atisba.

En términos de figura, hay mujeres de 40 que conservan un cuerpo hermoso. Eso es meritorio, porque es producto del esfuerzo y no un regalo de la naturaleza. Si a esto le agregamos la experiencia, pues no hay mujer de 20 que pueda compararse.

Me pregunto por qué las de 20 no se comparan con las de 30. Adivino, porque las de 30 aún conservan la figura de sus 20 años, pero diez años más de experiencia: no hay punto de comparación.


Si algunos hombres prefieren a las de 20 años, es porque son manejables; una de 40 no juega, no pierde su tiempo con adolescencias, no es manipulable: a eso muchos hombres le huyen. Es su tendencia a demostrar superioridad, a enseñar, a cuidar. La mujer de 40 no necesita que la protejan.

Como en todo, no generalizo. Cada edad tiene sus virtudes. Creo que no es malo hacer la comparación si la vemos en términos de crecimiento, una comparativa de cómo la mujer cambia al paso del tiempo, no con objeto de hacer menos a una y más a otra, sino para poner las cosas en su justa medida. A los 40 quisiéramos tener la piel y el alma que teníamos a los 20, pero ya llevamos cicatrices que no se borran. Hemos caminado, al menos 20 años más que ell@s. Y es imposible salir raspados cuando se ha vivido en serio.

lunes, 20 de marzo de 2017

Relacionarse con mujeres mucho más jóvenes

Veo que a una mayoría de los hombres no les representa ningún problema relacionarse con mujeres mucho más jóvenes que ellos, y me refiero a diferencias de edad de más de 8 años.

Yo confieso que para mí representa un problema, y no sé si tiene que ver con un prejuicio adquirido de alguna forma, u obedece a una postura razonable; lo cierto es que tengo reservas para buscar una relación sentimental con mujeres mucho más jóvenes que yo.

Quizá esto no debería ser un problema, pero lo ha sido desde el momento en que he visto lo difícil que es encontrar mujeres de mi edad que aún estén solteras y sin hijos.  Desafortunadamente vivo en un país donde los matrimonios comienzan a darse antes de los veinte años, ya a los 38, mi edad, muchos y muchas tienen hasta varios hijos de diferente pareja.

Sin embargo, he visto que para muchos hombres relacionarse con mujeres en los veintes no representa ningún problema, cuando yo ni siquiera me siento cómodo acercarme a ellas con fines de ligue.

No lo sé, pienso que quizá se debe a un prejuicio del que no he hallado su origen; porque si es cierto que la diferencia numérica de edad puede ser notable, no siempre es así en los hechos. Hay hombres y mujeres que a pesar de los años mantienen una actitud joven, no sólo en el aspecto mental, sino hasta en el terreno de lo físico; abiertos a la vida, con planes y proyectos aún, llenos de entusiasmo, es razonable que terminen relacionándose con personas más jóvenes.


He leído por ahí que las mujeres tienen cierta tendencia a preferir relaciones con hombres de más edad por todo eso de la madurez y la estabilidad. Quizá debería abrir esa posibilidad, liberarme de ese prejuicio y darme la oportunidad de conocer y relacionarme con mujeres más jóvenes.            

domingo, 19 de marzo de 2017

Tamara de Anda: La tenue defensa de una mujer frente a la rabia de algunos hombres.

A mí me pareció desproporcionada la acción que tomó Tamara de Anda contra quien le gritó “Guapa” en la calle. Pensé que eso daba para una reflexión, quizá un debate respecto a lo que es acoso y lo que no lo es  y masticaba en mi mente cómo abordar el tema, pero antes de que pudiera opinar algo todo cambió frente a la reacción que tuvieron muchos hombres sobre lo sucedido; si lo de Tamara de Anda me pareció una “exageración”, ésta fue palideciendo frente a la reacción desmedida, esa sí, de muchos hombres que hasta llegaron a confabularse en las redes sociales para amenazarla de violación y hasta de muerte, entre otras cosas.

Eso sí es de dar miedo.

Se trata de hallar un consenso, de armonizar la relación hombre-mujer en la sociedad para que ambos nos sintamos seguros en ella. Para eso está el diálogo, el intercambio de ideas y opiniones, pero la exageración histriónica de quienes nos llegamos a burlar del suceso cuando apenas salía a la luz, palidece frente a la exageración realista y amenazante con la que reaccionaron muchos hombres.

Ante esto es imposible no ponerse del lado de Tamara de Anda.

Al paso de las horas lo de Tamara ya no me parece una reacción desmedida, ahora mi atención se ha vuelto a la respuesta tan radical de muchos de mis congéneres.

Tamara denunció a quien le gritó en la calle y lo encerraron unas horas como castigo; pero la venganza que planean algunos hombres contra Tamara es criminal, es machista, es misógina, y ahí indudablemente encuentra justificación la, ahora tenue, reacción de Tamara.

No es concebible que Tamara de Anda reciba amenazas de muerte y de violación por una acción legal que ella emprendió y cuyo único resultado fue un encierro de algunas horas. La venganza machista de algunos apunta a la violación y al asesinato. Ante esto, ¿cómo pensar que Tamara exageró?

Ojalá las amenazas no prosperen, ojalá pudiéramos tener un diálogo más humano sobre ideas en las que pudiéramos estar o no de acuerdo, pero cuando hay amenazas tan radicales es imposible no tener respuestas igual de radicales. Hay cosas en las que puedo no estar de acuerdo, pero no por eso voy a matar o violar a quien piensa diferente. 


domingo, 26 de febrero de 2017

Mujeres de 40 y más.

Señora de las cuatro décadas de Ricardo Arjona salió en 1994, cuando él tenía alrededor 30 años y yo tenía 15.
Volví a escuchar la canción hace un par de días, ahora que me encuentro casi en el epílogo de los 30s y mi circulo de amigas incluye necesariamente mujeres de más de cuarenta años.

En los artículos que he llegado a leer sobre el tema regularmente se suele hacer una comparativa entre las de 40 y las de 20 años; me parece entendible como una forma de marcar las diferencias entre las edades y los cambios, pero ya lo han hecho así que evitaré hacerlo y me abocaré sólo a señalar lo que a mi parecer resulta atractivo de una mujer en los 40s. 



1.                 Su calma ante la vida, una calma que pone en evidencia que ya se tiene cierto conocimiento y dominio sobre el terreno, sobre la vida, sobre su vida. Ya no van con prisa, saben que es imposible comerse el mundo de un bocado así que lo consumen en trozos, de a poco pero de forma constante.

2.                 Cuando hablas con una mujer de más de 40 sabes que te escucha con atención; suelen guardar un silencio casi absoluto, apenas con breves inflexiones para hacerte saber que te están escuchando.  A esta edad no necesitan demostrar nada, por eso no interrumpen con cualquier comentario vano, esperan, meditan al hilo, y cuando hablan te das cuenta no sólo te ha escuchado, sino que te ha entendido a la perfección.

3.                 Hacer el amor con una mujer de más de 40 es como comer en buenos restaurantes todo el tiempo. Buena atención, buena mesa, buen ambiente, la porción indicada, buen vino y la garantía de que comerás delicioso.


4.                 Una mujer de más de 40 años es casi por antonomasia una excelente consejera. La experiencia le brinda esa cualidad; quieres apoyo o un buen consejo, nada como una mujer de más de 40 años.

5.                 La dupla Juventud-Experiencia. A los 40 años aún se es joven, se tiene vitalidad, deseos de vivir, de disfrutar y de aprender, pero también se tiene experiencia y eso es algo que cuenta mucho. Ya no se quiere perder tiempo, o mejor dicho, se desea invertir de la mejor manera, así que convivir con una mujer de esa edad es casi garantía de buen gusto, de tiempo de calidad y de buenos momentos.

6.                 El amor. No sólo ellas, también en mi caso he asumido la misma postura: lo que menos quieres son problemas, que te fastidien tu día. Por esta razón suelen poner las cosas en claro desde el principio: quieres una aventura, tendrás una aventura; quieres amistad tendrás amistad; quieres amor,  tendrás amor y lo anterior. Pero con ellas hay que ser claro porque ya no van a perder el tiempo en tonteras. Por esto también han dejado de lado los celos y la actitud posesiva. Su postura es tajante: quieres estar con ellas, quédate; no estás feliz, vete. Una mujer en los 40s no te va a rogar, se valora lo suficiente como para no necesitarte o andar tras de ti.




Al menos este sería el compendio de virtudes que para mí tienen la mayoría de mujeres después de los 40 años, aunque estas ya van haciéndose notar tiempo atrás, en la década de los 30s, por lo que no sólo se circunscribe a ellas, sino a aquellas que ya desde los 30s han alcanzado ese nivel de experiencia y madurez y que se verá reflejada en plenitud a los 40 años.