Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de marzo de 2018

Las heridas tras el divorcio


Hace unas semanas estuve a punto de terminar encerrado en las celdas municipales por culpa de un amigo al que conozco desde la infancia.  ¿Cómo fue que ese niño al que conocí a los diez años terminó en tal estado de demencia, en tal estado de sordidez?


Tengo que decir que fue tras su divorcio cuando el cambio en su estado emocional fue notorio. Pasó al menos dos años sumido en el alcohol, enajenado en pensamientos que hasta la fecha no logra erradicar de su cabeza: El resentimiento, la frustración y el sentimiento de fracaso derivados de su divorcio afloran cuando bebe.
La convivencia con él fue volviéndose insoportable. Al principio lo acogí, se encontraba herido y como amigo quise apoyarlo. Sin embargo, al paso de los días me di cuenta que algo no andaba bien en su comportamiento, era errante, desvariaba, pero creí que era circunstancial y pasajero. Sin embargo, lo que sucedió en ese domingo fue determinante para que decidiera alejarme definitivamente de él, al menos por un tiempo considerable.
Veníamos de regreso a la ciudad y en el trayecto bebió demasiado. El problema fue cuando entramos al municipio y a las colonias aledañas a donde vivimos. Me pidió que parara, descendió del auto y en medio de la calle orino sin ningún recato. Esto lo hiso dos veces. Mi error, mi gran error, fue acceder a acercarlo a la casa de una de sus ex parejas. Lo dejé a una calle de distancia, y a partir de ahí todo se salió de control.


No sé qué sucedió en la casa de su ex pareja, pero antes de que recorriéramos un par de calles la policía municipal nos alcanzó. A él lo esposaron, alegué que se encontraba completamente borracho y que no hicieran caso a todo lo que decía. Quizá fue un atenuante el hecho de que yo no haya bebido ni un sorbo de alcohol. La policía tuvo un trato distinto conmigo, sin embargo, venía con él, el auto era mío y era cómplice. En consecuencia, iríamos detenidos los dos. Esto era grave por una razón de peso, al día siguiente iría a aeropuerto a recoger a Mariana que llegaba de Colombia.
Enfurecí, aun cuando parte de la culpa era mía, por confiar y por ceder a los impulsos de un borracho.
Al paso de los días, ya con serenidad, no he podido dejar de pensar en Jaime y el punto al que ha llegado.
Dicen que los divorcios a veces dejan heridas que jamás cierran, que lastiman mucho y que los hombres los sufren más que las mujeres. No lo sé de cierto, pero ese amigo que conocí a los diez años ha tenido un cambio lamentable. No sé qué hacer, no sé cómo manejarlo. No sé si hablar con su familia, con sus ex parejas, no sé cómo manejarlo.
Los fracasos en las relaciones dejan heridas muy profundas, y supongo que todos en alguna medida las llevamos.

martes, 23 de enero de 2018

El Vida

Tenía alrededor de 15 años cuando sostuve una pelea a golpes con un chico de la misma calle a quien le apodaban “El vida”.
Al paso de los años el rencor fue desapareciendo y de un momento a otro nos saludábamos en la calle. A veces me lo encontraba comprando cervezas en la tienda, algunas otras acompañado de su esposa o volviendo del trabajo.  


El Vida es un tipo un poco más alto que yo, delgado pero de complexión robusta; caminaba con soltura, casi siempre portando sus botas de trabajo, lo que hacía que sus pasos fueran acentuados. Somos de la misma edad, así que intuía que la sensación de sí mismo era idéntica a la mía; a los 39 años aún eres joven, entusiasta, lleno de vida.   
Pero una tarde en la que yo llegaba a visitar a mí padre lo vi a lo lejos tratando de caminar apoyándose de una andadera; por un momento dudé, pero conforme me fui acercando me di cuenta que en verdad se trataba de El Vida. Su cuerpo no le respondía, se tambaleaba como si tuviera párkinson. Le pregunté qué le había pasado y no pudo contestarme, tampoco podía hablar. No quise insistir, le dije que se cuidara y me despedí. Esa imagen de El Vida en ese estado me impactó, me dolió en el alma.  
A veces, cuando voy a la casa de mi papá lo encuentro sentado en una de las esquinas de la calle. Nos saludamos. Ya han pasado algunos meses y aunque ya puede medio caminar sin ayuda de la andadera aún no recupera el habla. Me hace un gesto con la mano y asiente con la cabeza, sonríe. Camina apoyándose de las paredes y los autos estacionados a orilla de la banqueta.
Me da pena verlo así, un hombre de mi edad, con toda la juventud y la energía y, sin embargo, incapacitado a saber por qué razón.
Espero con honestidad que pueda volver a ser El Vida de antes.

miércoles, 17 de enero de 2018

El Autosabotaje

Cuando tenía alrededor de 24 años ingresé a trabajar en una compañía de venta de autos por autofinanciamiento, y antes de mandarnos al ruedo, a los directivos les pareció buena idea que el vendedor estrella nos diera una plática sobre sus técnicas.

Aquello se convirtió en básicamente una plática de motivación personal. Es evidente que si una persona no tiene ninguna motivación jamás tendrá buenos resultados, ni en su vida ni en nada de lo que haga. La pasión y la motivación son imprescindibles.
Pero de todo lo que él dijo algunas cosas quedaron grabadas en mi memoria, y una de ellas tenía que ver con los hábitos. Dijo, si queremos cambiar nuestra vida debemos cambiar nuestros hábitos. Hay una frase muy trillada que se escucha en todos lados pero no por eso deja de ser cierta por pura lógica y hasta en la ciencia encuentra su verdad: las cosas se repetirán siempre igual mientras no haya cambios.
Cuando tenía alrededor de 27 años comencé por voluntad propia, y sin que nadie en mi familia se enterara –sólo mi novia lo sabía-, un tratamiento terapéutico con una psicóloga para atender lo que más tarde supe se trataba de una ansiedad generalizada. No es el momento de ahondar en eso, quizá en otra ocasión. Sin embargo, en aquel entonces ella me recomendó que leyera un libro: El auto saboteo. Jamás lo compré, básicamente me auto saboteé.



Este último año 2017 ha sido desastroso para mí en todos los ámbitos y mi situación actual es pésima. Durante todos estos días he tratado de buscar soluciones, consejos e ideas para salir de mi atolladero; así, buscando cada noche cosas nuevas de las que poderme apoyar, recordé hace un par de días la sugerencia de mi terapeuta. Busqué El Auto sabotaje en Youtube y di con un canal bastante interesante: Inner integration que maneja Meredith Miller.



Hay algo en lo que aquel vendedor estrella, mi terapeuta y Meredith Miller coinciden: hay que cambiar no sólo los hábitos, sino también los pensamientos e ideas en las que estamos atrapados.
Una de las cosas más difíciles para un ser humano es cambiar. Nos habituamos a ciertos comportamientos y los repetimos sin darnos cuenta; lo mismo sucede con esos pensamientos a los que recurrimos incesantemente siempre bajo los mismos estímulos. No es difícil identificar esos pensamientos recurrentes ya que siempre los traemos en la cabeza; y tampoco debe ser difícil identificar esos comportamientos y reacciones que siempre tenemos. Eso es precisamente lo que debemos cambiar si queremos resultados distintos en nuestra vida.
Está es una de las tareas más complicadas ya que por regla casi general esos malos hábitos están muy enraizados en nosotros y los tomamos como verdades absolutas, cuando sólo son unas verdades construidas dentro de nosotros mismos.
He pensado mucho en ello los últimos días. He notado que mi cerebro trabaja siempre en una sola dirección, esa que ya conoce y a la que se ha habituado. Lo mismo pasa con mis reacciones y ciertos hábitos que yo considero me resultan nocivos. Así que he tomado la determinación de cambiar esos pensamientos y esos hábitos tan comunes para mí. No sé qué vaya a suceder, lo único razonablemente lógico es que habrá cambios, y lo que ahora necesito con urgencia son cambios. Malos o buenos, pero necesito cNo te salves, “no te quedes inmóvil al borde del abismo”.
ambios. No es bueno quedarse atrapado en la inmovilidad o paralizado por el miedo. Dice Benedetti en su maravilloso poema
Dice Sthepen R. Covey en su libro 7 hábitos de la gente altamente efectiva, que vemos el mundo como somos nosotros, como son nuestros pensamientos. Necesito cambiar mi mundo, mi percepción de él; hay cosas que hago que seguro me están jodiendo mi propia vida, necesito que mi vida sea distinta y para eso necesito comenzar a cambiar algunos hábitos.
    

domingo, 31 de diciembre de 2017

La soledad

Cuando le dices a alguien que vives sol@ o que no tienes pareja, siempre puedes notar en quien te escucha un dejo de conmiseración que intentan disimular. Por alguna razón la soledad, en todos sus aspectos, es mal vista. La mayoría le huye y les resulta insoportable; una buena parte de esa mayoría se hace rodear de cualquier tipo de compañía con tal de no estar o sentirse solos. Por triste que parezca hay matrimonios y parejas que se conforman por el simple miedo a la soledad.


Sin embargo, es difícil no hablar de la soledad estando solter@s. Para alguien solter@ la soledad es algo que siempre estará presente, al menos en una de sus formas.
Siempre he considerado que existen dos tipos de soledad, la primera es esa soledad en la que uno se encuentra cuando despierta por la mañana o cuando va a dormir, en los casos cuando se vive solo. Es la soledad de cuando un fin de semana decides pasarlo en tu departamento sin ninguna compañía. Esta es una soledad que se disfruta, una soledad en la que estas contigo mismo o misma y sirve como un momento de paz, de calma, que se puede dedicar al esparcimiento, a la lectura, al estudio, a alejarse por un periodo de todo el ruido de la ciudad. Es una soledad que disfruto mucho y personalmente puedo pasar largos periodos solo en mi casa sin que esto represente problema alguno. Por ejemplo, al menos dos años consecutivos la pase solo en las fiestas de diciembre, no porque no tuviera con quien ir, sino porque gracias a las malas experiencias supe que estaba mejor solo en mi casa, que rodeado de gente que me hacía sentir, eso sí, solo.
Paseo de la Reforma, CDMX

Es en esos momentos de aislamiento en los que puedo escribir o leer, en los que juego videojuegos, en los que veo películas, en los que descanso, en los que hago lo que me gusta.
 Pero hay una soledad que es abrasiva, incómoda y exasperante. Es esa soledad que se experimenta a veces, irónicamente, cuando estas acompañado.
Recuerdo haber ido un fin de año a casa de unos familiares que me insistieron para que los acompañara y para que “no me la pasara solo”, así lo dijeron. Llegué a su casa alrededor de las 8 de la noche, todos estaban en lo suyo; me la pasé sentado en el sofá desde las 8 hasta las 11 de la noche mirando el televisor. Hasta que comenzaron a llegar. Cené y me disculpé, me fui. Fue desagradable. Estaba en compañía pero solo.
Algo que es muy frecuente en estos días es que cuando te citas con alguien para tomar un café o lo que sea, esa persona se la pasa en el teléfono y apenas te presta atención. Dan ganas de levantarse e irse.
Es la soledad del abandono, de la indiferencia, son momentos en los que tu presencia parece prescindible. La soledad de no tener con quien hablar porque quien tienes frente a ti sólo habla de sí mismo o sí misma, no hay diálogo. Está soledad es a veces dolorosa y, como tal, es indeseable.
Hay veces en las que he permanecido callado durante toda una cita, sólo escuchando a quien está conmigo, de pronto me dicen “¿siempre eres así de serio?”. ¿No es absurdo? Lo es, tanto como sentirse solo en una ciudad donde abunda la gente, pero somos ya tan indiferentes, tan ensimismados, que todo lo que esté a nuestro alrededor ya no nos importa. Quizá ésta sea la época donde más profunda y común se ha vuelto este tipo de soledad.
Plaza Santo Domingo, CDMX

Estos días de diciembre son en los que el sentimiento de soledad puede ahondarse profundamente, ya que priva en el aire un ambiente de familiaridad y compañerismo, vemos a las familias reunidas, todos en compañía. Sin embargo, el que la pasemos solos no significa que la pasemos mal; yo he pasado dos navidades solo y la pasé mejor que en otras donde estaba rodeado de gente.
Y respecto a esa soledad tan corrosiva, creo que siempre está en nuestras manos alejarnos de los momentos y las compañías que nos hacen sentir así. Esta soledad es inevitable, llega de improviso, podemos experimentarla en casi cualquier lugar  y, como he dicho, a veces en los lugares más concurridos – diría Mario Benedetti, tengo una soledad tan concurrida- . Podemos estar más a gusto con una sóla persona que rodeados de una multitud, al menos sucede en mi caso.
Deseo que disfruten de sus días y de sus momentos de soledad, y que puedan escapar o encontrar la compañía para hacerlo, de esa soledad que tanto puede lastimarnos.
s
  ss 

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Rumbo a los 40 años.

Este será mi último año en la década de los treintas, una década que yo definiría como complicada.
Los veintes fueron una década noble; podría resumirla como la década del amor, de los ideales, del entusiasmo puro, de la juventud y del ímpetu excesivo. Quizá no exista un tema que ilustre mejor lo que para mí fue esa década que la canción de Charles Aznavoir, Hier Encore:  je gaspillais le temps en croyant l'arrêter.

Trinity College, Toronto 

Mis veintes estuvieron marcados por dos viajes al extranjero,  primero fue a Canadá y un par de años después visité Francia. Siendo un periodo de ideales, también fue la década de la búsqueda del amor eterno y del empeño de encontrarlo; cuando creí encontrar a la mujer con la que pasaría toda mi vida decidí vivir con ella y me casé. Estaba lleno de sueños que eran sólo eso, “tantos proyectos que se quedaron en el aire”, diría Aznavour.
Durante esa década fui un romántico que quería ser escritor, así que escribía y leía mucho, mucho. En mis empeños llegué a publicar en algunas revistas tanto de la ciudad de México (Lenguaraz, emeequis y La pluma del ganso), como de León Guanajuato (El canto del ahuehuete).  También estudiaba francés, ruso y chino mandarín: estaba ávido de conocimientos y estudiar y aprender era algo que en verdad me apasionaba (una de las pasiones que lamentablemente abandone en la siguiente década).
Cementerio Pére-Lachaise, París.

Considero que los veintes fueron una época teórica que comenzaría con los últimos años de la  preparatoria, seguiría en la universidad (cursé tres licenciaturas en tres universidades distintas: Química en la UNAM, Ingeniería biomédica en la UIA y Letras Hispánicas en la UAM. No concluí ninguna) y abarcaría todos los cursos que por entonces tomé: todo era teoría, teoría, teoría.
Los treintas, por el contrario, han sido una década de lucidez, de darse cuenta que no todo lo que creía en los veintes era cierto.
Los treintas han sido una época de emprender, de concretar, de riesgos personales y profesionales, pero sobre todo de fracasos, muchos fracasos; en los veintes la posibilidad del fracaso ni siquiera se concibe, pero en los treintas he debido enfrentarme a dos grandes tropiezos.  

El primer tropiezo fue al saber que el amor idílico no existe; una verdadera y sana relación de pareja es consecuencia del respeto, de la libertad y de la honestidad, en resumen de la madurez de los miembros. Sobre esto entendí que el amor jamás debe ser sufrimiento. A los 30 años me fui a vivir con mi novia, a quien conocí cuando tenía 26 años, con la firme idea de forjar un futuro, de hacer de nosotros una pareja mejor que cualquiera. No fue, no pudo ser y terminamos por separarnos. Aparte de lo ya dicho aprendí algo más, quienes opinaron y llegaron a criticar mi relación fueron los primeros que desaparecieron cuando nos separamos. La gente está siempre a la orden para criticar pero muy pocos lo están cuando caes.  También aprendí que las bondades que se pregonan sobre el matrimonio tradicional son más falsas que las tetas de Sabrina Sabrock. 
El segundo tropiezo se dio en el ámbito empresarial. Formé una empresa, creí que la juventud,  el ímpetu inherente a ella y mis conocimientos eran suficientes. Ahora, al albor de los treintas, removiendo aún los fragmentos de un negocio que se desplomó y me ha dejado casi en la ruina, sé que no es así: quise correr y corrí mucho, pero si corres y tropiezas es seguro que irás al suelo y las caídas siempre serán estrepitosas. Hoy sé que es mejor ir lento, así es más difícil que caigas, y si tropiezas es más fácil retomar el equilibrio evitando la caída. Voy terminando los treintas casi en la ruina empresarial, pero con mucha, mucha más experiencia. 

La soledad. He conocido una cara más real y tangible de la soledad. A los veintes sientes que estas solo y que nadie te entiende, pero siempre estas rodeado de amigos, de tu pareja, de jóvenes como tú: nunca falta quien pueda hacerte compañía porque la mayoría de tus allegados siguen solteros. En los treintas vas experimentando una verdadera soledad: por un lado te distancias de tus amigos que ya han tomado su rumbo y las aventuras y reuniones desaparecen, la prioridad es su familia. Sin embargo, esta conciencia más tangible de la soledad te hacer ver que debes vivir de acuerdo a tus principios y convicciones, ya que siendo que vas marchando solo no tienes por qué tragarte la crítica mezquina de los demás. Porque nadie de esos que te critican estará ahí cuando fracases, nadie, nunca lo están, te quedas completamente solo. Esta conciencia de la soledad en la que se vive te puede revelar también tu esencia única y  hacerte ver que tus circunstancias también son únicas; entiendes que compararse con los demás es una autolaceración y un auto menoscabo. Somos únicos, es nuestra vida y son nuestras circunstancias, lo peor es compararse con los demás. 

Cenando, CDMX.

 Así, en estos casi cuarenta años he acumulado varias cicatrices. Pero esas cicatrices son experiencias, pedazos de carne o alma –o lo que quiera que eso signifique- que al cicatrizar han dejado una piel más resistente. La vida no es fácil, ni el amor, ni vivir en pareja, ni tener una empresa, ni la soledad, nada. Pero es la vida que he escogido, consecuencia de mis buenas o malas acciones, y hay que asumirlas y aprender de esas experiencias.
Contrario a lo que podría pensarse tengo mucha motivación en llegar a los cuarenta años. Lo anhelo. Porque hoy soy consciente de lo que sé, de lo que quiero y de lo que soy capaz de hacer. Llevo dos años abriendo camino y preparándome para recibir  mis cuarenta años con el espíritu, el cuerpo y la actitud renovada. Me considero un joven con experiencia que ya no está dispuesto a perder vida en lo que, ahora sé, no vale la pena. Ahora conozco, si no el camino que debo seguir, sí el que no lleva a ningún lado.  Estoy entusiasmado y hoy busco recobrar todo eso que me llenaba de vida y que me impulsaba cuando estaba en los veintes y que por alguna razón abandoné en los treintas. Son cosas que aún me motivan y que al ir retomándolas he vuelto a sentir esa pasión que estos últimos días había perdido casi por completo.
Quiero levantar mi empresa, y otra y otras más: ya lo hice un día y sin ninguna experiencia.
También he comprendido que una buena compañía es de las maravillas que esta vida te ofrece y estoy dispuesto a tomarla; sin embargo ya no busco al amor de mi vida, ahora busco a mi compañera de vida, el amor y la pasión llegaran con ella, no al revés.
¿Qué he aprendido de los fracasos y de estos nueve años? A no correr; el paso firme y lento, por contrario que parezca, te ahorra muchos retrocesos. Ser paciente; todo llega cuando no desistes, apresurar las cosas no siempre es bueno. Los sueños se hacen realidad  siempre que no desistas y hay que estar preparados para cuando se cumplan. No tenemos por qué cargar con cosas que ya no nos sirven y sólo nos limitan, esto aplica para objetos y para amistades: si una carga te detiene en el camino hacia tus sueños, hay que liberarse de ella. La principal persona a quien jamás debes traicionar es a ti mismo; la primera persona con la que no se debe ser egoísta es con uno mismo. Hay que alejarse de la gente tóxica, esa gente que sólo jode, a la que no le importas una mierda y sólo te contamina con sus ideas pesimistas o se pasa criticando tu vida con el simple objeto de enaltecerse ante ti. Y, quizá la más importante: vivimos en un mundo de estereotipos y moldes, hay que librarse de ellos.

martes, 12 de diciembre de 2017

Pro aborto y defensor de animales, ¿una contradicción?

Para los que estamos a favor del aborto y también nos asumimos en contra del maltrato animal, hay quienes encuentran una contradicción y nos llaman “doble moral”.
Detrás de esa acusación no hay nada que la sustente, es simplemente una forma de joder, de intentar hacernos creer que defender la vida de los animales no tiene sentido si estas a favor del aborto. Para ellos el aborto representa un atentado contra la vida, un asesinato. No se puede estar a favor del asesinato cuando se está contra las corridas de toros o contra el maltrato animal, esa es su “lógica”, entrecomillada porque de lógica no tiene nada.


Como no puedo ser la voz de todos hablaré a título personal.
La cuestión tras mi postura a favor del aborto es por una concepción más profunda sobre la vida del ser humano y que no sólo se reduce a asumirla en un sentido biológico. Quienes condenan el aborto defendiendo la vida no ponen el mismo empeño en defender la vida de los niños y niñas que viven bajo las peores condiciones humanas. Sí hay campañas e inversión para plantar postura contra el aborto, pero esas mismas personas jamás hacen campañas para proporcionar una vida digna a esos seres humanos que ya forman parte activa de nuestra sociedad. Mi postura –como quizá la de muchos- es por evitar el sufrimiento y la miserable vida de todos esos seres humanos que han llegado a este mundo a vivir una muerte lenta y agónica. Sí, hay una mayoría de esos seres que llegan por la irresponsabilidad de sus padres, sin embargo, esa irresponsabilidad no tiene por qué pagarla el nuevo ser que ha nacido de ellos. La intención tras el apoyo al aborto es precisamente evitar la proliferación de seres humanos en condiciones de penosa existencia, que sólo sufren abandono, maltratos, carencias y sufrimiento. ¿Se trata de traer al mundo más seres humanos para que “vivan” a toda costa aunque lleven una existencia miserable en cada uno de sus días? Aquí apelar a cuestiones religiosas no cabe, ya que Dios tampoco ha bajado a alimentar ni a dar una vida digna a todos esos niños y niñas.
 Así entonces, bajo esta ideología, es fácil entender por qué los buscamos que quienes habitan el planeta lo hagan de forma digna, procuremos también una vida digna y sin sufrimientos para los animales.  
La muerte es algo inevitable para todos, sin embargo, a pesar de que sabemos que algún día vamos a morir, deseamos que ese suceso se dé sin sufrimiento. El sufrimiento, considero yo, es lo que buscamos evitar tanto en los seres humanos como en los demás seres vivos. Y así como no deseamos que un ser humano venga a este mundo a sufrir, sin ninguna oportunidad por llevar una vida digna, del mismo modo deseamos que los animales eviten sufrimientos.

En realidad, creo yo, no hay ninguna doble moral tras la aparente contradicción entre quienes defendemos el aborto y a la par defendemos la vida de los animales.  

El tema del aborto da para mucho más texto, sin embargo, esta explicación no tiene como fin ahondar sobre ello. Sólo quise plantar mi postura ante quienes creen encontrar una doble moral en quienes estamos a favor de aborto y nos manifestamos contra el maltrato animal.  

miércoles, 5 de julio de 2017

Viajando bajo la lluvia

Era la media noche del domingo, escampaba, yo venía sobre la calzada México-Tacuba. En un cruce una pareja esperaba la luz verde al igual que yo, las ventanas de su auto cerradas, hablaban.
A veces extraño esos momentos, el aislamiento temporal mientras viajas en el auto, la soledad de dos y la calidez que eso provoca mientras la lluvia a fuera lo empapa todo.
El pequeño espacio en el que uno se confina estando en un auto crea una intimidad que me gusta, y cuando llueve esta intimidad se estrecha aún más; el hallarnos ahí adentro en esa pequeña burbuja no deja más remedio que la convivencia, la cercanía obligada, los besos esporádicos en cada semáforo, los silencios  que sólo avivan nuestra presencia.

A veces extraño eso.

Siempre habrá más lluvias.




domingo, 2 de julio de 2017

El show de Truman, metáfora de nuestra "realidad".

El día de ayer volvía a ver la película El Show de Truman (1998), interpretada por Jim Carrey, que trata sobre la vida de un hombre que, sin saberlo,  ha estado encerrado en un reality show desde su nacimiento.


El productor del reality ha construido un pequeño pueblo dentro de un domo completamente cerrado en el que todo es parte de una simulación, desde los pobladores que son actores hasta las puestas de sol, la lluvia y la historia que se teje alrededor del único personaje, Truman, que ignora que el diminuto mundo en que habita es parte de un guion, y que cada suceso es planeado con premeditación por los productores. Truman tiene un trabajo, una casa, un auto y una esposa; sin embargo, ignora que aún la mujer con la que ha vivido durante años tampoco ha sido producto de una decisión libre, ya que ha sido escogida y puesta en su vida de forma estratégica para que se enamorara de ella y terminaran casándose. Y así, sus amigos, vecinos, el tendero, el policía y su misma madre son actores en la vida de Truman. Nada a su alrededor es netamente cierto, aun cuando para Truman así ha sido siempre.   

En el momento del lanzamiento de la película Jim Carrey tenía alrededor de treinta y seis años, que sería también la edad aproximada del personaje. Es hasta esa edad donde Truman comienza a cuestionarse sobre su vida y decide que es momento de salir de ese pueblo y buscar nuevos rumbos, sin embargo, los productores harán todo lo posible por impedirlo generando alrededor de él las circunstancias necesarias para terminar con sus deseos de emancipación. Todo a su alrededor conspira para apagar en él sus sueños de crecimiento, y tal es el empeño de la producción que uno de sus propósitos es que Truman tenga un hijo, a sabiendas de que esto sería una forma de posponer indefinidamente sus planes de emancipación. Sin embargo, la voluntad de Truman es mayor y al final logra vencer sus miedos y todo lo que intenta sabotear sus pretensiones de verdadera libertad.  

Domo 

¿En qué grado muchos de nosotros podríamos estar en la situación de Truman? Quizá estemos inmersos en nuestro domo de seguridad, prisioneros de nuestros miedos y los límites que ese Ente impersonal nos ha impuesto a fin de que jamás salgamos de ese domo que han creado para nosotros. Seríamos personajes que, como Truman, pensamos que somos libres, que podemos decidir siempre y cuando lo hagamos dentro de los parámetros que ese Ente nos ha marcado.

El show de Truman me parece una acertada metáfora de la realidad mediática en que vivimos actualmente. Muchos piensan que son las reglas impuestas por los gobiernos las que sujetan a los hombres y mujeres dentro de nuestra sociedad, sin embargo, esto no es del todo cierto. La forma más imperceptible y efectiva de manipulación y de coacción no reside en el gobierno, sino en la misma sociedad, y los gobiernos la aprovechan cuando les resulta útil. El modo más eficaz de limitar al ser humano es a través de la “opinión pública”, de la “moral” en turno, de la religión, de las pasiones, en resumen, no se trata de encadenar al ser humano de forma externa con grilletes y candados, sino basta con meterse en lo más íntimo de su ser: las pasiones.

Nuestra sociedad se encuentra regida por ideologías, por modas y por deberes y cuanto más nos alejemos de ellas más seremos relegados, linchados por las lenguas viperinas, exhibidos y ridiculizados ante la sociedad, ante la “opinión pública”. Es tal el valor que se le da en la actualidad a la opinión pública que abundan los casos de suicidios de personas que no soportan los juicios y terminan por aniquilarse a sí mismos.  

La idea más ruin y miserable que se ha propagado es la del ideal de “igualdad”. Bajo el precepto de que todos somos iguales, la diferencia no hace más que relegar; pero aún la idea de igualarnos a todos es escabrosa, ya que anula la exclusividad de cada uno de nosotros y busca emparejarnos, acoplarnos a un molde en el que a fuerza nos quieren hacer entrar. Esto es de una manipulación cínica.

Como Truman, habría que pensar en todo eso que nos detiene a salir de nuestro domo aclimatado y “seguro”.  Pensar si deseamos algo más allá de él, o decidimos quedarnos dentro.

Despedida de Truman

Bajo el dintel de la puerta que divide al Domo del mundo real, el productor le dice a Truman “Allá a fuera hay peligros, aquí dentro tienes una vida segura y sin peligros” (Algo así como la historia del Edén bíblico) Truman simplemente contesta “Buenos días. Y por si no nos volvemos a ver, buenas tardes y buenas noches” Acto seguido atraviesa la puerta.      

domingo, 25 de junio de 2017

La industria porno en mexico

La industria pornográfica en México era, hasta hace unos años, prácticamente inexistente. Lo que más se acercó al cine pornográfico, aunque muy de lejos, fue el llamado cine de ficheras, que en realidad eran producciones tímidas, intentos baratos de igualar al cine erótico italiano de la década de los setentas.

El cine de ficheras se limitaba a breves escenas de desnudos y cachondeo mezclado con albures, humor mediocre y ningún esfuerzo por lograr algo de calidad. Lamentablemente, esto es lo único que de cine medianamente erótico teníamos en nuestro país. Hace unos dos años si buscabas pornografía mexicana en alguno de los portales que proveen porno en la web no encontrabas nada, quizá uno que otro video amateur de algunos segundos y de pésima calidad. No sucedía lo mismo con el porno de otros países como Alemania, Italia o Francia, de los cuales se puede hallar videos producidos aún en blanco y negro y de muy buena calidad en cuanto a producción se refiere. En resumen, la industria pornográfica en México era casi inexistente salvo algunas esporádicas excepciones, y  tendrá apenas uno o dos años que ha ido tomando presencia.

La primera película pornográfica de la que se tiene registro fue la de  Ángel Rodríguez Vázquez, llamada Las profesoras del amor, de  1987.

De ahí la primera aparición importante del porno mexicano la tenemos a principios de siglo, entre el 2002 y el 2003, con un filme netamente Gay titulado Sexxcuestro, del productor Laars Robledo y dirigida por Summer Gandolf. El filme recibió la postulación a Mejor guión en el festival internacional de cine erótico Gay en Barcelona, España.

Posteriormente la productora Maldoror, dirigida por Marco Antonio Bustos, realizó dos filmes pornográficos de no muy buena calidad, se trató de Fetiches mexicanos 1 y 2. Por esos tiempos quien también ofrecía algunos videos pornográficos era la revista Tu mejor Maestra, una publicación de contactos sexuales, historias eróticas y fotografías, que ya en la era digital comenzó a ofrecer videos como regalo de fin de año; los primeros videos eran producciones amateur enviadas por sus suscriptores, obviamente se trataba de filmes de muy baja calidad tanto en desarrollo como en la calidad del video en sí. Posteriormente introdujeron algunos videos con una producción bastante pobre, pero no dejaban de ser videos amateur.


No obstante lo anterior, el cine porno mexicano se había mantenido bastante mediocre. En la actualidad hay una productora que considero merece prestarle atención, ya que a mi parecer esta realizando videos de buena calidad; se trata de Sexmex (https://sexmex.xxx/tour/), que ya cuenta con varios videos producidos y una buena cantidad de actrices en su página web. La producción es buena, las historias son las típicas de la industria porno sin caer en la vulgaridad que caracterizaba al cine erótico mexicano. Son actores y actrices jóvenes que me parece están metiendo al cine porno mexicano a la par en cuanto a calidad comparada con otros países, aunque aún sin llegar a alcanzar la calidad del cine Italiano o francés.  No podríamos compararlos con una producción de Mario Salieri, por ejemplo, pero tienen la calidad del cine porno comercial y esto me parece que ya es un gran avance si lo comparamos con las porquerías que se hacían en los 70s.


Esperemos que el cine porno mexicano evolucione para bien, por lo menos ya es posible encontrar algo digno en los portales de videos porno internacionales.

sábado, 24 de junio de 2017

Imelda: Mi primer amor

Hace unos días encontré a quien fuera mi primer amor. Nos conocimos en la secundaria, cuando contábamos con catorce años. Es un poco difícil explicar lo que ha sido esto; alegría, nostalgia, ternura, quizá todo junto en una mezcla que no logro definir.
No se me ocurrió nada más que escribirle algo, un texto que no llegará a conocer porque ya está casada y no quiero ocasionarle un conflicto.  Quisiera poder seguir sabiendo de ella muchos años más, así que mis sentimientos, aunque inofensivos y sin pretensión, sólo quedaran en mí.

Sin buscarla la encontré.
Entonces era una niña
de cabello muy corto, como lo es la adolescencia;
delgada,
 como suele serlo la pubertad.
Yo la abrazaba sobre los hombros
Y así abrazaba por primera vez
La sensación del amor.
A ella la amé con mi corazón virgen;
La pensé innumerables noches
Con mi imaginación de infante.
Hable con ella cada noche
En charlas interminables.

Esa tarde mis amigos y yo pasábamos por ahí, quizá porque era al único rincón por el que no habíamos pasado. Cuando te vi no recuerdo que me gustaras, seguro que yo tampoco desperté algo en ti, y lo sé porque me maldijiste, nos maldijimos, nos odiamos.


Y nos seguimos odiando cada que nos encontrábamos en el receso; nos odiábamos de lejos, y en ese odio recurrente que nos prodigábamos  nos fuimos encontrando cada vez más hasta el punto que ya nos necesitábamos.
¿Cómo fue? No sé si lo recuerdes. Mi memoria tan mala no logra llegar la laguna que hay entre esos días de odio y aquel en el que, sentados frente a la sala audiovisual, procuraba abrirme camino a lo que hacía tantos días no me atrevía a confesar.
Me acuerdo que te di una explicación muy nerviosa y larga, que acabaría siendo una especie de prologo para esa historia que comenzaríamos los dos.
Te pregunté si querías ser mi novia. Recuerdo que los dos adoptábamos una seriedad que de ordinario no teníamos. Recuerdo que demoraste en responder. Recuerdo que me dio miedo. Recuerdo que dije “¿No?”, pero asentiste.
Éramos novios. Pero a los catorce años, ¿qué era eso?
Me acuerdo que ya separados me pregunté ¿qué seguía, qué debía hacer? ¿Qué era ser novios?
Teníamos catorce años, era la primera vez que tenía novia y no sabía qué hacer. ¿Por qué te había pedido eso? Porque te quería, me gustaba estar contigo, me gustaba tenerte cerca. Me gustabas. Te amaba.
Han pasado veinticuatro años, te reconocí  porque en mi memoria jamás te desvaneciste. Te sufrí como te amé, lloré y reí, y después de esa experiencia contigo amé otras veces más, con optimismo y esperanza: tal fue la consecuencia de mi experiencia contigo.
Hoy vas con el cabello largo, usas anteojos, la expresión en tu rostro tiene historia. Eras una niña cuando nos besamos por primera vez y largamente en aquella discoteca ya desaparecida.  
Recuerdo algunas cosas. Te gustaba la canción Colina Azul, aunque nunca supe si la versión de los Teen Top o la de Los Boppers; adorabas a los perros como mascotas, ya veo que eso aún lo conservas; no sé si aún jué
ges videojuegos, pero al parecer sigues teniendo ese carácter explosivo. Aún reconozco tus expresiones de entonces.
Me gustaría un día hablar contigo de esa época. Habrá cosas que recuerdes que yo no, y armar un poco ese rompecabezas que con nuestra relación hicimos juntos. Como dice Charles Aznavour, es bueno volver y recordar la adolescencia.
Me alegra haberte encontrado en mi vida, y me alegra haberte vuelto a encontrar más de veinte años después. Te has casado, yo no. Me quedó con eso, que es mucho.   


viernes, 28 de abril de 2017

Desprecio generalizado por la vida.

El día de ayer dejaron dos gatos abandonados frente a la cochera de uno de mis vecinos, sin alargar la historia decidí acogerlos y darme a la tarea de buscar quién los adoptara.

Ese mismo día, ya en la tarde y mientras entrenaba, un niño entró al gimnasio a vender donas. Serían cerca de las 9 de la noche. No es la primera vez que el niño se mete a vender al gimnasio y lo he visto caminar por las calles vendiendo donas, junto a su hermana. Los niños siempre van solos.



Al día siguiente, le pedí a una amiga que me ayudara a buscar lugares que nos facilitaran poner en adopción a los gatos. Fue un poco triste ver que entraríamos en una larga fila de adopciones por la cantidad de mascotas –entre perros y gatos- que se encuentran esperando en los albergues.

Recuerdo que hace un tiempo me enteré que en la ciudad de México se sacrifican mensualmente alrededor de 15 mil perros, esto es un promedio de 500 perros diarios. El otro dato duro es que el 50% de los perros sacrificados son llevados por sus dueños.

Por la tarde del día siguiente me entero que en el DF hay más de 70 mil juicios por pensión alimenticia en los juzgados, y que por ésta razón los jueces ya podrán congelar las cuentas de los progenitores que no cumplan con las pensiones.

No es una comparación de las mascotas con los niños, sino evidenciar que ambas situaciones derivan de una irresponsabilidad humana; irresponsabilidad de muchos padres hacia sus hijos, que también se refleja, en mayor medida, en la irresponsabilidad con las mascotas.

Siempre he pensado que si el ser humano no manifiesta interés por sus propios hijos, seres humanos que ellos mismos trajeron al mundo, menos lo hará con las mascotas.

Hay un desinterés cotidiano por la “vida” en general: mascotas abandonadas a una muerte segura, niños abandonados, niños ignorados (para esos niños que viven con sus padres pero que no tienen ninguna atención de los mismos), destrucción de la naturaleza, contaminación abominable, y un consumo y depredación de los recursos naturales de forma tan insolente que da miedo.



Sin embargo, crece la indignación cuando alguien es asesinado para despojarlo de un teléfono de 100 dólares. En el fondo es la misma retórica: la vida con toda su magia y unicidad (porque es mágica, única e irrepetible) se ven desplazados por un valor mercantil, por los prejuicios y por las creencias.

Siendo tan normal que la vida sea despreciada de forma tan general, ¿cómo pedir, por otro lado, que “nuestra” vida sea valorada? Esta demanda cargada de falsa dignidad solo tiene su razón de ser en una combinación de indiferencia por los demás y egocentrismo: pido lo que no doy.

Somos parte de lo que padecemos. La guerra moderna con sus bombas de exterminio masivo, motivadas totalmente por el valor económico que representan, son un ejemplo del apocamiento que ha sufrido la “vida” frente a lo desechable, al todo eso que tiene un valor subjetivo.

Las mascotas son un ejemplo de vida, seres con emociones, pero los abandonamos, los dejamos padecer hambre, frío y los maltratamos: nos da igual esa “vida”. Pero nos quejamos del poco valor que tiene nuestra vida y nuestra salud para el capitalismo al que tomamos por maldito. Lloramos ante la injusticia, ante la violencia que nos acecha, ante el abuso de que somos víctimas. Todo eso lo padece la mascota desde su nacimiento hasta su asesinato, en un periodo de vida en el que sólo vive lo peor de este mundo.

Nosotros creamos este mundo, no nos quejemos de él si no hacemos nada por cambiarlo.

domingo, 23 de abril de 2017

Mujeres de 40 y 20 años. La eterna comparación.

Es posible que la foto sea fake, pero la comparativa entre mujeres de 20 y 40 años es algo común; cosa curiosa que no se haga con mujeres de 30 y 40 o 15 y 30.

Parafraseando Salvador Allende,  podría decir que tener 20 años y no tener buena figura es casi una contradicción (y aplica para ambos sexos). Lo mismo aplica para tener 20 años y no ser jovial, no tener sueños y metas, no querer ser algo en el mundo. A los 20 años no puedes decir que has vivido, no puedes decir “en mis tiempos”, ni siquiera puedes decir que has sufrido. Y la integridad del ser humano, el carácter y la fortaleza se forjan con los años, con las veces que te has levantado y la forma en la que has logrado mantenerte en pie. Al paso de los años uno es testigo de cómo muchos se van quedando en el camino, son esos que cayeron y ya no lograron levantarse.   

En términos de frescura, de piel sana y sin cicatrices, de un rostro sin imperfecciones, de unas manos tersas, las mujeres de 20 años llevan la primicia, pero porque es un cuerpo nuevo, sin raspaduras, sin cicatrices. A los 40 años llevas varias cicatrices en el cuerpo y en el alma. Son las huellas del camino, el cansancio de quien ha caminado, las marcas de las batallas que has atravesado. A los 20 años no has hecho nada de eso, eres relativamente “virgen”, aún la vida no te ha puesto a prueba. Y en el lapso de los 20 a los 40, muchos se quedan. Alardear a los 20 de lo que se tiene frente a alguien de 40, es como un bebé presumiendo su perfecta digestión frente a la “imperfección” de uno de 20.
Sin embargo, hay mujeres que llegan a los 40 con la piel raspada, el corazón fragmentado, el alma magullada, pero con el humor y la pasión por la vida intactos. Son mujeres que viven, carcajean, beben, bailan, viajan, aman, aprenden y emprenden. No tienen el cuerpo incólume de una de 20, sería absurdo de alguien que ha vivido muchas batallas. Pero llegan a los 40 con una experiencia y conocimiento del mundo que una mujer de 20 ni siquiera atisba.

En términos de figura, hay mujeres de 40 que conservan un cuerpo hermoso. Eso es meritorio, porque es producto del esfuerzo y no un regalo de la naturaleza. Si a esto le agregamos la experiencia, pues no hay mujer de 20 que pueda compararse.

Me pregunto por qué las de 20 no se comparan con las de 30. Adivino, porque las de 30 aún conservan la figura de sus 20 años, pero diez años más de experiencia: no hay punto de comparación.


Si algunos hombres prefieren a las de 20 años, es porque son manejables; una de 40 no juega, no pierde su tiempo con adolescencias, no es manipulable: a eso muchos hombres le huyen. Es su tendencia a demostrar superioridad, a enseñar, a cuidar. La mujer de 40 no necesita que la protejan.

Como en todo, no generalizo. Cada edad tiene sus virtudes. Creo que no es malo hacer la comparación si la vemos en términos de crecimiento, una comparativa de cómo la mujer cambia al paso del tiempo, no con objeto de hacer menos a una y más a otra, sino para poner las cosas en su justa medida. A los 40 quisiéramos tener la piel y el alma que teníamos a los 20, pero ya llevamos cicatrices que no se borran. Hemos caminado, al menos 20 años más que ell@s. Y es imposible salir raspados cuando se ha vivido en serio.

viernes, 21 de abril de 2017

La importancia del descanso

Tiene cerca de cinco meses que acudo al gimnasio a levantar pesas y realizar ejercicios cardiovasculares (o “cardio” como está de moda llamarlo). Bien, resulta que esto me ha llevado a adentrarme en el mundo del acondicionamiento físico y curioso como siempre he sido me he ido informando sobre todo lo que envuelve el desarrollo muscular y la quema de calorías.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención, y que yo ignoraba, es saber que los músculos no crecen durante el entrenamiento sino en el descanso. Al hacer las rutinas lo que sucede es que el músculo se fatiga y las fibras musculares se “rompen”. Hay que permitir que el músculo se recupere y es precisamente en este periodo cuando el músculo se repone volviéndose más fuerte y más grande. Es por eso que las rutinas de ejercicio van segmentadas, para dejar que algunos músculos se recuperen y crezcan mientras ejercitamos los demás. De hecho se considera un error de entrenamiento no reposar, no dormir bien y sobreentrenar los músculos.

Esto me ha hecho reflexionar sobre lo que significa el reposo en nuestra vida cotidiana y en el hecho de que las perdonas han llegado a sobrevalorar erróneamente la actividad continua e ininterrumpida. Supongo que hemos escuchado muchas veces a esas personas a las que les gusta presumir lo atiborrados que están de actividades y lo presumen esperando cierto reconocimiento de nuestra parte (o quizá somos una de esas personas); la razón es porque en este mundo en el que las máquinas son incansables y siempre están operando el descanso suele ser mal visto. Ni siquiera en vacaciones la gente se toma el tiempo de descansar y acaban llenos de actividades que los fatigan más que una jornada de trabajo laboral. Hay gente que nunca para, que apenas duerme, que ni en la comida o a la hora de cagar están en paz. Las consecuencias: estreñimiento, insomnio, estrés, colitis, irritabilidad, adicciones, etc.

En Los siete hábitos de la gente altamente efectiva de Sthephen R. Covey (ya lo he mencionado en otra entrada) el último hábito, precisamente el séptimo, está destinado a la Renovación, que es un periodo que debemos tomar en cuenta para el descanso, la reflexión y lo que él llama “Afilar la sierra”.

Así como el músculo necesita recuperarse para estar más fuerte es importante descansar para ordenarnos, para dejar que nuestra mente se disperse un poco y ver las cosas con más claridad. Sabemos que la falta de sueño afecta gravemente nuestra salud, sin embargo, en ésta época y en las ciudades dormir bien ya es un privilegio que ni los más adinerados pueden tener.

No se obtienen mejores resultados yendo a entrenar todos los días al GYM (a menos que se usen fármacos, de la misma forma como muchos trabajadores los usan para aguantar las intensas cargas de trabajo diarias); es necesario descansar los músculos, al menos es lo adecuado. Su cede lo mismo con nuestro organismo y con nuestra mente: necesitamos descansar para reponernos.

Conozco personas que nunca paran. Trabajan 10 horas, llegan a casa y atienden a sus hijos, llega la media noche y aún están haciendo preparativos para el día siguiente, en el que deberán despertar a las cinco de la mañana. Así todos los días. Me han dicho que a veces quisieran salir corriendo (¿hacia dónde?); a veces simplemente estallan en llanto. Eso no es sano, pero hay una gran cantidad de gente que malvive así. Lo malo es que la salud pasa facturas muy costosas y como dicen por ahí “El que no tiene tiempo para cuidarse después tiene mucho tiempo para enfermarse”.

domingo, 2 de abril de 2017

Casarse y tener hijos no es tener madurez.

Casarse y tener hijos es para algunas personas signo de madurez, de compromiso y de responsabilidad, aunque en la realidad sólo sea una mentira repetida muchas veces. Tras esa imagen optimista que se muestra de la familia y del matrimonio, se esconde en muchos casos una cruda realidad: la mayoría se casa y tiene hijos por simple inercia, porque “así debe ser”. Y seguir ciegamente una tradición no es ninguna evidencia de madurez, es evidencia de alineación.
Tras el matrimonio muchas parejas terminan separadas; a otras eso les sucede cuando llegan los hijos. Luego, están las infidelidades, los divorcios y la guerra de por vida entre los ex esposos. ¿Cómo sostener que estas conductas son de gente madura? Por otro lado, no hay nada más irresponsable e inmaduro que seguir a los demás sin cuestionarse siquiera si lo que se hace es lo adecuado para nosotros.
Es irónico que gente que se casó antes de los veinte o que tienen hijos a los que apenas y pueden alimentar, sean quienes nos llaman inmaduros a l@s solter@s, y a los que no queremos tener hijos ni seguir un ritual que ha dado muestras de no ser funcional para todos.
Yo observo y cuestiono; ¿terminar en eternos pleitos de abogados por las custodias y las pensiones, es madurez?
Los matrimonios que se convierten en tormentosas prisiones por los celos ¿son manifestaciones de madurez?
Familias en las que se vive violencia, opresión, donde los niños son dejados a su suerte ¿es eso madurez?
Traer al mundo nuevos humanos para que las escuelas se hagan cargo de ellos, ¿es de personas maduras?
La madurez se manifiesta en el control que se tiene sobre la propia existencia, por las decisiones que se toman por convicción, no por las que se toman por inercia. Hay matrimonios libres de prejuicios, de celos, de sabotajes, son matrimonios que crecen, en los que sus integrantes se desarrollan en libertad y esa libertad la transfieren a sus hijos. Y todos hemos visto alguna vez a este tipo de familias, aunque muy pocas alcanzan esa armonía y esa salud.
     La realidad es que la mayoría de las familias y de los matrimonios se ubican en el otro lado, en el que la inmadurez es la regla.
He visto a padres de familia reprender a sus hijos con discursos absurdos e incoherentes; madres presas de su neurosis y que descargan su frustración al menor error de sus hijos; hombres infieles que buscan amantes al ser incapaces de abandonar una relación que no quieren, y que al no saber vivir solos deciden liarse en otra relación convirtiendo su vida matrimonial en una mentira. Pero los inmaduros, a decir de algunos de estos casad@s, somos los y las solteras.
Tan sólo el traer al mundo a un nuevo ser sin tener la capacidad de satisfacer sus mínimas necesidades es una irresponsabilidad, y por ende de inmadurez.

A mí me han llamado inmaduro, porque no me he casado ni tengo hijos, sólo por eso, vaya forma tan mediocre de querer determinar la madurez de alguien.  

El descanso, un lujo que las solteras y los solteros podemos darnos.

Hubo un tiempo en el que ocupaba mucho de mi tiempo en mi negocio y creo que el hecho de estar soltero propició en gran parte a que esto sucediera.
Fuera de un horario de trabajo promedio el tiempo restante era básicamente tiempo libre y aunque parte de ese tiempo lo invertía en otras actividades, a veces llegaba al punto de destinarlo también al trabajo; supongo que no es del todo malo, pero a veces padecía los estragos: me sentía rebasado, inconforme, incompleto y experimentaba cierta nostalgia. Al paso de los meses descubrí  que no era sano ese nivel de enajenación por algo que no siempre es satisfactorio, y los deberes llegan a tener ese impacto en nuestro ánimo.
Y es que hace apenas unos dos años atrás llegaba a extender mis horas de trabajo hasta en sábados y domingos; es fácil caer en esto porque tienes el tiempo disponible y no hay nada que demande tu atención, por eso resulta fácil caer en la trampa de “adelantar” trabajo, de hacer un esfuerzo más y de trabajar mientras otros descansan.  En mi caso, llegó un momento en que la pasaba casi todo el tiempo trabajando y no me permitía ningún descanso. Acabé fastidiado y fatigado emocionalmente. Ya no me sentía satisfecho, y lo que en un principio me motivaba ahora era un tormento, pero había llegado a ese punto porque yo mismo lo había permitido.
Hay algo que la gente casada y con familia tienden a hacer, y es priorizar o al menos tratar de hallar un equilibrio entre el trabajo y la familia. Los fines de semana los dedican a la familia, y sus tiempos libres también. Siendo solter@s, no tenemos esa contraparte, estamos solos, y al no tener –en apariencia- deberes con alguien más, llegamos a invertir también ese tiempo en el trabajo. Pero creo que hay un deber que subestimamos, y es el deber con nosotros mismos.


Quizá lleguemos a creer que pasar el fin de semana sin hacer nada -que es uno de los privilegios de los que podemos gozar- es “perder el tiempo”, y no le damos la misma importancia que invertirlo en una fiesta, en una comida, en un rato de convivencia con la familia, en una visita al cine, etc. Estamos literalmente tirados en el sofá, leyendo o viendo series o lo que sea. Quizá lleguemos a pensar que eso es un desperdicio de tiempo que podemos aprovechar para “adelantar trabajo”, para invertirlo un poco más en él. Nosotr@s podemos descansar, los casados y los que tienen familia no pueden darse ese lujo; pero en realidad no se trata de una pérdida de tiempo sino de un tiempo de recuperación, de dispersión, de soledad revitalizante.  Stephen R. Covey, en su libro Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, habla de esto en el séptimo hábito: afilar la sierra, es decir, tomarnos un tiempo para recuperar energía, para meditar, para replantear las cosas. Hay que hacer pausas en el camino para volver a tomar las riendas con más visión, con la sierra afilada.  


En estos tiempos se sobrevalora mucho el hecho de estar ocupados, de tener siempre algo qué hacer, pero es sólo un estereotipo como muchos de los que se propagan en la sociedad y que no por eso dejan de estar errados. Necesitamos descansar, dormir, reflexionar. Hay quienes no pueden hacerlo, nosotr@s sí.
Es muy importante descansar, aunque en esta sociedad mercantil eso se vea mal.
En lo personal tomé la decisión de trabajar sólo de lunes a domingo y los fines de semana ocuparlos casi exclusivamente en otras actividades: leer, escribir, hacer memes, ver películas, dormir, lavar mi auto, ir a mi clase de Tango, etc. A veces llego a trabajar un poco, pero sólo después de haber realizado alguna otra actividad. Y con el tiempo libre entre semana hago lo mismo; tengo un compromiso conmigo mismo y me he sentido mejor.

Si escucháramos a un padre o una madre de familia veríamos cuánto desean ell@s pasar un día entero descansando sin interrupciones. Ni los fines de semana pueden descansar, así que es un privilegio del que podemos disponer nosotr@s, ¿por qué no hacerlo?